La sonrisa de Elena

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Hoy no tuve un gran día. No obstante por la tarde mi madre me dijo que pensaba visitar a mi tía, prima y sus pequeñas. Y le dije: Si. Rotundo. Aunque no me apeteciese nada.

Les compré unos regalos en Imaginarium y tomé un taxi. Para variar llegué tarde.

Pasé la tarde volcada en mis dos sobrinitas (hijas de mi prima mayor). Ambas muy bonitas, muy graciosas. Pero me dediqué especialmente a la más pequeña. Tiene un año y medio y es una de las personitas más buenas y tiernas que he conocido. No llora. No molesta. Solo sonríe, abraza, canta.

No las he podido ver muy a menudo, sobretodo a la benjamina porque mi año (su primer año de vida) me lo pasé entre oposiciones, trabajo y problemillas. Y sin embargo hubo un momento en esta tarde que me emocionó.

Todos hablaban en el salón, entre pasteles, refrigerios y batidos. Y de pronto la niña gritó: Tiiiiiiitaaaa, tiiiiitaaaa.

Pensé: ¿es a mí?

Y vino corriendo a aclararme la duda. Me abrazó. Me dedicó una sonrisa inocente y mágica. Y me quedo con ese ratito del día.

De vuelta a casa reflexioné sobre la locura de la infancia. Recordé mis tardes, jugueteando con mi hermanita, haciendo travesuras con mis primos/as, leyendo cuentos con mamá, viendo Barrio Sésamo y los Diminutos, disfrazándome e inventando historias teatrales con mis amigas… Y tantos detalles… Qué dulce la infancia cuando es amable y tienes una familia maravillosa. Yo guardo años irrepetibles, en los que nada malo acontecía.

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