Añoranza

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Aunque nací en otra ciudad distinta, viví durante muchos años cerca del mar, al sur de España. Solía ir a esta playa. No importaba si era invierno. Verano. Primavera. Daba igual. Siempre necesitaba el mar. Escuchar su arrullo. Su luz…

Cuando era casi niña casi adolescente, mis padres nos llevaban a menudo a la playa. Apenas nos quedaba a diez minutos de nuestra casa. Recuerdo a mi madre enfrascada en un libro sobre la arena, a mi padre nadando en pleno otoño, a mi perrita jugando y ladrando como loca, a mi hermana pequeña haciendo castillos de arena y a mí estudiando, leyendo o recolectando conchas que luego no utilizaría.

Ahora no vivo allí. Ahora no hay mar. Ni luminiscencia dorada en pleno atardecer. Ahora vivo en otro mundo: las calles están siempre repletas de gente que no mira a los ojos, gente que habla a gritos, gente que pasa de pareja en pareja con una frivolidad abrumadora, bares hasta arriba… No encuentro en esta ciudad ni un solo espacio de calma, donde se escuche el agua caer o el silencio. Todo es veloz. Me faltan horas en el día. Y las personas sobreviven en una especie de estado de congelación (y no me refiero al clima).

Y el mar… Lo añoro. Siempre conseguía apaciguarme, incluso en los días más difíciles.

El mar.

¿Dónde queda ahora?

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