De cuando ella apareció

Había una vez una princesa deprimida que no retenía recuerdo alguno sobre su última sonrisa…

Yo había dejado a mi pareja y caminaba torpemente por el mundo, desandándome, mirándolo todo por primera vez, a veces miraba hacia el cielo y otras dejaba mis ojos reposar sobre las aceras. No me sentía sola, aunque mi familia vivía en otra ciudad. No estaba sola, aquellas callecitas y enormes avenidas eran los lugares en los que había crecido, allí estaba, pero con una forma diferente de comportarme, de deletrear las palabras, de sentir, de explicar, de ser.

Conocí a mi pareja actual de casualidad. Hablamos. Dije ideas muy trascendentes en aquella conversación, como si mi boca las hubiese guardado durante demasiado tiempo a la espera de encontrar a alguien interesante a quién decírselas. Nos sorprendió tener la misma carrera, ambas quedamos aún más sorprendidas al darnos a entender que éramos lesbianas y al relatar fragmentos de nuestra vida nos percatamos de que habíamos coincidido en lugares y momentos idénticos sin habernos visto. Las casualidades eran tales que tuvimos que concertar una cita en condiciones (no amorosa, simplemente un encuentro más personal, más íntimo).

Nos gustamos intensamente. Pero ni ella ni yo sabíamos descifrar el cariño en los ojos de la otra. Yo, si tengo que ser sincera, nunca sé cuándo alguien flirtea conmigo. Ella me quiso llevar a dos sitios increíblemente bellos, románticos, preciosos en medio de la monumentalidad, yo me enamoré de aquel otro punto de vista iluminado desde el que mirábamos la Catedral. Hablamos, abrimos las almas contándonos la vida. El tiempo se nos escapaba sin ser conscientes. El cielo estaba tan bonito… Revoloteaban en pleno anochecer los pájaros sobre la iluminación de los monumentos que teníamos enfrente. Ella me miró y sin decir nada se levantó a pedir que nos pusieran un calefactor (de estos que se ponen en los exteriores). Seguimos charlando y luego volvimos caminando a la parada del autobús. Yo estaba cerca de mi casa y nos despedimos con dos besos formales en las mejillas.

Desapareció de mi vista. Desaparecí de la suya. Y haciéndome la valiente (no suelo, soy tímida) le escribí un mensajito: “¿En algún momento te ha apetecido besarme?”. Y recibí respuesta: “Si, pero me levanté para pedir que nos pusieran calefacción”. Ella era muy tímida. Y yo también. No sabíamos dar el primer paso.

Sentí que me derretía de ilusión, de alegría. Un torbellino emergía desde el centro de mi ombligo, una especie de volcán se cernía en mi interior deseoso de derramar lava, de estallar. Ella había deseado besarme. Y yo también. Yo lo ansié cuando atravesamos unos jardines muy bonitos, pero al igual que ella, frené el impulso. No temía ser rechazada ni nada de eso, simplemente no sabía cómo hacerlo.

Volvimos a vernos y volvimos a pasear por la ciudad. Recuerdo (y sonrío al rememorarlo) que ella me pidió un beso al final de aquella nueva cita. En algún momento, tras batallar con mi falta de costumbre de ser yo la que se acerca a la otra persona, me aproximé y le besé, fue un beso suave, repleto de dulzura, delicado, como yo, como ella.

A partir de ahí desenredamos nuestra historia. Ella, un día, arrimó su mano a la mía y sin darme cuenta la tomó, me acariciaba despacio mientras recorríamos aquellas calles (paisajes inolvidables en los que dejamos nuestras huellas). Aquellos primeros días y meses, llenas de temor ante la intensidad de nuestras emociones y sentimientos, nuestras miradas encendidas, comiéndonos los días con una pasión desenfrenada, repletas de electricidad, creadoras de corrientes eléctricas y de sueños, enloquecidas, como enfermas enamoradas que deambulan de la mano y se llenan de amor constantemente. Aquella etapa, febril, mágica, efervescente, aquellos meses en los que dormía tres horas y aún así tenía buena cara, los ojos muy brillantes, los labios muy rojos y sonrojada casi las 24 horas del día. Éramos (y somos) una pareja muy bonita, nos completamos.

Entramos en ese universo amoroso en el que todo se magnifica, en el que arreglamos aún más nuestro cabello, en el que investigamos nuevas experiencias, en el que leemos poemas de amor y nos dedicamos canciones, o en el que compramos más ropa de lo habitual (ropa exterior e interior) para presumir y mostrar toda nuestra belleza. Esa etapa de inconsciencia en la que nos faltan los minutos para confesarnos todo, para contarnos todo aquello que nos pudo herir, gustar o acontecer en un pasado, para susurrarnos la infancia y enternecer a la otra.

La recuerdo a ella, eligiendo conmigo destinos para escaparnos los fines de semana (aunque nos veíamos cada día, vivía cerca de mí), a ella y a mí descubriendo nuevas playas o ciudades, a ella viniendo a recogerme al trabajo cada día produciendo en mí la urgencia de correr hacia ella y abrazarla, a ella y sus besos enroscados e interminables, a ella y a mí en cafeterías o pubs enfrascadas en un millón de besos edulcorados románticos, salvajes que nos encendían hasta la extenuación (y las miradas positivas de quiénes estaban en esas cafeterías y pubs y a las que nunca veíamos), a mí redactándole bellísimas notas o cartas con mi bolígrafo en las horas laborales, a ella y su voz que me acompañaba hasta las cinco de la mañana cuando no dormía en mi casa, a ella cuando me pedía permitirle entrar en el baño y contemplarme mientras yo me duchaba,  y las noches encantadoras en las que nos decíamos cosas profundamente hermosas, o en las que hablábamos incansablemente. A ella y a mí riendo como niñas, mientras preparábamos la cena o hacíamos la compra.

Reconstruyo aquellas primeras escenas, momentos de siestas abrazadas y rendidas de tanto sentir, sumidas en sueños complejos y profundos como los de un niño. Su ternura, su candidez, mi extrema sensibilidad, los intercambios de ideas.

Venía a dormir a mi apartamento casi todas las noches y cuando lo hacía me dedicaba toda la tarde a limpiar la casa, a poner velitas y puntos de luz acogedores e ir al mejor supermercado para comprar caprichos deliciosos para ambas.

Poco a poco fuimos inyectándonos la una en la otra. Para ser una sola mujer, completa, colmada, satisfecha, ilusionada, sabia.

Y es que ella apareció cuando mi mirada era sombría, encendiendo todas mis facetas, llenándonos mutuamente… de vida.

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6 comentarios en “De cuando ella apareció

  1. Hermosas palabras para una relación igualmente hermosa…
    Creo que hablo por todas tus lectoras al decir que despertás un ansia increíble de sensaciones…

    Ojalá un día yo sea tan capaz de abrirme a ellas, al amor, como vos relatás en este post. Así disfrutaría tanto más esta vida…

    Seguí así, te leo cada vez aunque nunca firme ^^U

    Saludos linda 🙂

    ~Lilith

  2. Precisamente hoy hablaba con una amiga sobre las señales, a veces perdemos el barco porque no sabemos si hemos sido invitados a montar, me alegro que fueras capaz de preguntar y ser invitada. Felicidades es un lujo tener a quien quieres a tu lado.

  3. tu historia me ha hecho sonreír y me ha enternecido. 🙂
    ojalá todas las personas tuvieran un amor como el suyo, que el mundo estaría lleno de felicidad… -y que conste que no lo digo por mí jajajaj-.

    un abrazo.

  4. Hola,

    Tanto tiempo sin pasar por acá.
    Precioso el post, de verdad. Tu historia es hermosa, esperanzadora, megustó mucho. Lo que tienen es muy bonito, sigan adelante!

    Un saludo,

    PSD:
    Siempre “V.” LOL!

  5. M siento muy identificada cntigo si no llego a saber k es un blog parece k leo mi diario. Creo k el amor de verdad siempre sigue los mismo pasos para fructificar. Me encantan tus post yo no lo podria aver explicado mejor. Felicidades a todas las k tenen este maravilloso sentimiento es unico. Tan unico k se m saltan las lagrimas al saber k esta ahi, dentro de mi.

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