Del color de las cerezas

Estoy hecha de cera fundida, de volcanes en erupción, de subterráneos temores, de ideas políticas y sociales, de versos, de teatro, de plastilina, de suaves cavidades edulcoradas, de emociones, de escenas, de feminidad, de sueños, de proyectos, de una excesiva pasión por las cosas que pienso y hago, de una ética que trato de mejorar cada día, de besos que siempre duermen sobre mi boca, de ternura, de seguridad, de ciudades, de efectos secundarios, de vulnerabilidad, de mordiscos, de confianza, de palabras, de ocasos, de cine, de leyendas, de arte, de fotografías, de verbos, de cartas…

Soy una mujer, elaborada a partir de retales. Muerdo y beso y sueño y opino y me recojo.

En todas partes soy advenediza. Despliego los mapas, me busco, dibujo directrices, caminos a seguir, todos erróneos, levanto la vista y espero encontrarme con alguien, alguien que me indique sin palabras (no son siempre necesarias) hacia dónde dirigirme, qué debo esperar. Abro cajones y dentro hay de todo, menos mi sitio en el mundo.

Soy de color rojo, me gustan mis uñas rojas, mis labios rojos, mi vestido rojo,  el rojo de la erupción de un volcán que no puede contenerse, yo tampoco me contengo, dejo salir todo lo que va dentro, dejo bañadas las calles de mí, aún no sé si puedo ser corrosiva o benigna. Creo que soy inofensiva.

Solo sé, que las huellas que dejo (sin querer o queriendo), son del color de las cerezas.

 

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6 comentarios en “Del color de las cerezas

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