A mi alumna de cinco años

Podría contarte que cuando fui niña viví inmersa en un cuento, siempre trazando princesas y dragones entorno a mí, bailando por todas las habitaciones, disfrazada, tarareando canciones inventadas o aprendidas, mirándome en todos los espejos, con mis tacones infantiles, mis vestidos, releyendo una y mil veces aquellos libros mágicos que mi madre me regalaba constantemente, jugando a hacer teatro en el salón, volviéndome frágil cuando descubría a alguien pidiendo limosna o a un animal desvalido, desafiando de vez en cuando a las monjas de la escuela…

Podría decirte que mi infancia fue tan hermosa, que a ratos, quisiera regresar a ella para quedarme allí.

Pero nada te digo. Guardo silencio mientras contemplo tu niñez, tan distinta a la mía. Tú, que llegas a mi aula con la mirada turbia, casi siempre los ojos empañados, las ojeras bien marcadas y esa postura de tristeza y cansancio, tú que tienes cinco años y sobrevives un permanente estado de espera y agotamiento.

A mí me enternece la forma en la que me miras, vigilas todo lo que hago, cómo camino y lo que digo. Arrastras esos ojos tuyos castaños, hacia mí, y me sonríes, haciendo un enorme esfuerzo, lo sé. Repites lo que digo, dices a veces “el arte es una forma de expresión libre”, “es sublime”. Con tu media lengua.

A mí me conmueve verte tan vulnerable. Verte así, hastiada, insegura.

Cuando me dieron esta escuela, sabía que iba a encontrarme un entorno desfavorecido, pero no esperaba cruzarme contigo. Con esos ojos adultos y esa apatía dolorosa.

A veces me enfado contigo, te digo: “Por favor, ¡no digas que no puedes hacerlo, di que al menos vas a intentarlo!” (cuando no te sientes capaz de hacer ninguna tarea). Y rompes a llorar, silenciosamente (siempre). Y reprimo las ganas de consolarte, porque me hiere que seas tan débil y que nunca te atrevas a hacer ninguna tarea por tí misma, porque piensas que tu valía es inferior a la del resto. Pero me hago la fuerte, y te lanzo una mirada de disgusto desde mi mesa. Y me sube un repentino dolor leve de cabeza, porque aún no sé cómo hacerte ver que solo tu podrás batallar para conseguir un destino mejor que el que tienen programado para ti.

Tu, pequeña, puedes con todo lo que te propongas. No tienes por qué parecerte a tus padres, ni a nadie. Puedes ser lo que quieras. Yo te abro esta ventana enorme, para que mires desde tu infierno particular, el hermoso jardín de amapolas y girasoles. Trato de llevar a ti, todo aquello que no has visto nunca: Ópera, fragmentos del Principito, te leo a media voz aquellos poemas de grandes poetas y poetisas, te muestro obras de Degas, Kandinsky, Frida Kahlo, pretendo desarrollar tu sensibilidad, que acaricies otros mundos bien lejanos al tuyo, para que puedas ELEGIR por tí, y no dejarte llevar por la elección de otros. Quiero que mires el mundo con profundidad, más allá de la primera impresión y del trazo superficial, que tu mirada sea limpia, que no te decepcione el sinfín de injusticias que conocerás algún día.

Intentas llamar mi atención constantemente, y no te concentras en ninguna de tus tareas escolares, y me veo en la obligación de regañarte. Aunque sé que tu único fin es obtener afecto, todo ese que anhelas y no consigues en casa.

Me dices, desde que entras a clase, hasta que sales: “Señorita, te quiero más que a nadie”, o bien “Señorita, eres preciosa, la más guapa”. Y lo dices en voz baja, para que solo yo pueda escucharlo, porque tu inseguridad te paraliza. Y yo te respondo: “Más bonita eres tu”.

Un día me contaste que para Navidad querías una bufanda (que no tienes) para ti y un abrigo para mamá. ¿Nada más? -pensé. Y me dieron ganas de correr a una tienda y comprarte lo que se te antojase.

A veces te enfadas, y mucho. Tus mejillas se vuelven coloradas, se te empaña la mirada, te observo y parece que vayas a precipitarte por un acantilado, te pones así cuando otros niños/as me abrazan. Y tu les dices: “La señorita es mía, es solo MI señorita”. Y los demás niños/as te empujan, mientras yo te pido que no digas esas cosas, que os quiero a todas y a todos mucho. Te cruzas de brazos y te vas a un rincón, hasta que se te pase la tormenta interior, el miedo a no sé qué.

Quiero que sepas, que despiertas una enorme ternura en mí. Pero que mi labor es hacerte una mujer fuerte que pueda con todas las guerras que se te presenten.

Un día, dijiste gritando en el patio, desde lejos: “¡Señorita, quiero casarme contigo!”. Y yo, desde el otro extremo, me eché a reír. Y pedí, interiormente, que nadie te robase esa inocencia, esa pureza entrañable que te caracteriza.

Otras veces nos reímos y mucho, juntas, jugando. ¿A que si? Tu te disfrazas en clase, y te conviertes en una niña princesa, o médica, o pirata. Y yo me hago pasar por otro personaje de cuento, con los demás alumnos/as, y te mueres de risa, sin parar, de mis bromas.

Pero hay días, días en los que vienes como una sombra cabizbaja, rota, con una mirada vidriosa, sin haber dormido, sin haber comido, triste. Y se te escapan lágrimas efímeras. En silencio, y yo no puedo evitarlo, voy hacia ti y te abrazo, te pongo en mi regazo, te acuno, mientras los demás gritan, se sientan, juegan o se pelean. Tu te quedas casi adormecida en mis brazos, tu expresión se relaja, y terminas sonriendo de felicidad, y solo entonces, cuando sonríes así, te pido que vayas a tu pupitre y trabajes un poquito.

Eres mi reto, el más hermoso de todos.

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6 comentarios en “A mi alumna de cinco años

  1. Hola,
    Me encanta esta entrada… el estilo, esa forma en que la escribiste, lo sensible de tus palabras.
    Sabes,? yo puedo entender tu cariño, esa forma de sentirte retada a ayudarle, a descubrir su valor y lugar en este mundo. Me he sentido a veces, como vos, con muchas ganas de abrazar a alguien, protegerla y contarle esos cuentos de princesas y amores que yo he “leído”, pero lo doloroso, es que al final… cada cual tiene que “leer” o vivir su historia.
    Un saludo

  2. A SiempreSuya: Gracias por tu comentario, espero verte por aquí de vez en cuando. Un besito 🙂
    A María: Jajajajaja, ¿quieres casarte conmigo también?
    A SimpleDay: si, tienes razón, cada cuál debe vivir su historia, lo único que me queda es intentar que al menos, por mi parte reciba el estímulo necesario para que sea una niña feliz y más fuerte. Un besito

  3. Qué entrada más tierna… 🙂

    Estas situaciones me hacen envidiar el trabajo de los maestros. Las muestras de cariño de mis alumnos suelen ser bastante más sutiles… Y las que yo puedo darles a ellos también.

    Disfruta de ese privilegio y sigue poniendo tu granito de arena para conseguir que el mundo sea mejor. ¡Creo que lo haces fenomenal!

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