Irremediablemente

Carlos.

Así te llamas. Carlos, Carlitos, Carluchi.

Cuando naciste, tu mamá me llamó porque estaba yo en Bélgica y me sacudiste por dentro. Yo sabía que alguien maravilloso había llegado al mundo. Me moría de ganas de verte, de saber cómo eras.

Hay una conexión especial entre tu y yo. Nada más verte tu sonríes con esa risa traviesa y transparente, y a mí me desarmas.

Me gusta jugar a “tu-te-escondes-y-corres-a-abrazarme”. Verte correteando hacia mí, estirando tus bracitos, para abrazarme me resulta mágico. Y me pregunto ¿por qué eres tan especial? dime.

A mí me vas a tener siempre, Carlos. Para bailar como locos por el salón, reírnos de todo el mundo, ir al museo y al cine, leerte cuentos, cuidarte cuando así lo necesites, hablar de todo (no pienso juzgarte por nada), decirte que los dientes se te van a caer, todos, pero viene en Ratoncito Pérez y se te pasa el disgusto, para consolarte y señalarte los detalles más sublimes de la vida desde mi punto de vista.

Consigues siempre conmoverme, emocionarme.

Me encantaría llevarme tu sonrisa guardada en el bolsillo.

Te quiero, irremediablemente.

(Carlos es el hijo de mi prima-amiga-confidente).

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