Yo una vez fui actriz

Yo una vez fui actriz. Y me gustó. (Y esto suena como si fuese yo una anciana rememorando juventudes, y no!!, soy joven aún eh).

Fueron unos años, entre cinco o seis, de completa devoción por la interpretación.

De pequeña, abuelos y otras personas cercanas decían: “Esta niña tiene cara de actriz”. Y yo no entendía lo que querían decir, pero amaba el cine, el teatro, y solía inventar mis propias obras para escenificarlas en fiestas familiares o durante los recreos en el colegio.

Cuando fui algo más mayor, me enamoré de una actriz en una obra teatral que presentaba en la ciudad. Durante aquellas dos horas, me sentí parte de la historia, me emocionaba, aunque no la comprendía del todo. Desde ese momento, comencé a pedir libros de obras teatrales, los leía, los analizaba, los interpretaba. Y decían que se me daba muy bien. Adoraba a algunas actrices como Natalie Wood en Esplendor en la Hierba, o a mi querida Audrey  Hepburn en otras tantas películas que miraba una y otra vez. Curiosamente, me centraba más en las actrices… Y sentía las historias como si fuesen mías.

Así que con 15 o 16 años, hice un casting para un grupo conocido de teatro. Buscaban una actriz, y acaricié esa palabra en mi boca. Actriz. ¿Por qué no?, ¿podría vencer mi timidez?. Al llegar al casting, sentí que mis rodillas podrían fallarme en cualquier momento, aquello estaba abarrotado de actrices que habían estudiado Arte Dramático, mayores que yo, rebosantes de una maravillosa seguridad en lo que hacían. Y yo, en cambio, cavilaba el motivo que me había llevado hasta allí, mi pasión por el escenario, por las historias, por Shakespeare, por el cine… Los componentes del grupo estudiaban seriamente a las candidatas, buscaban una actriz que interpretase a un personaje de unos 20 años, y yo NO aparentaba esa edad (mi genética hace que represente siempre menos edad). Entonces me tocó subir al escenario, pusieron un guión entre mis manos y lo hice. Sentí que mis mejillas ardían, y lentamente me sentí bien, como si aquello me perteneciese, como si mi piel, mi corazón, mis sueños fuesen ya de esa otra mujer a la que interpretaba, mi voz, mi dicción, todo fue modificándose. Me sentía adulta, capaz, feliz. Y nada más bajar del escenario, los componentes del grupo teatral pararon el casting, de repente, y pidieron al resto de candidatas que se marchasen, dijeron que tenían muy claro que era yo (aniñada, joven, inexperta) la actriz que buscaban.

Y fueron meses de ensayos diarios, en los que tuve que compaginar mis estudios en el exigente colegio religioso con mis ensayos mágicos y apasionados. Recuerdo que un día suspendí un examen en el colegio (yo nunca suspendía nada) y a eso se le sumaba que yo comenzaba a notar que mi vida con los “hombres” no funcionaba, y en el ensayo teatral ese día, me eché a llorar sin poder remediarlo, y en vez de cortar mi actuación, seguí haciéndolo, las lágrimas resbalaban por mi cara mientras continuaba siendo la otra mujer, a la que interpretaba. Y recuerdo bien a mis compañeros/as, sorprendidos, que decían: es tan jodidamente profesional que es un placer trabajar con ella, con lo joven que es.

Después de los ensayos vinieron las actuaciones, los nervios, la gente llenando los teatros, mi mirada que en una ocasión se desvió hacia alguien que vi entre el público que me emocionó, el cansancio, quedarme exhausta después de actuar como magullada y feliz al mismo tiempo. Recuerdo que tuvimos una excelente crítica en el periódico. Que me hicieron una entrevista en la radio, que mi padre, lleno de orgullo, grabó desde casa. Que me regalaron muchos ramos de flores, y que el que más me gustó fue el de mi mejor amiga. Que todo el colegio quería ver la representación, y alumnos/as desconocidas/os se me acercaban con curiosidad y ternura. Que mi vida rodaba con alegrías, emociones. Que crecí para siempre subida en un escenario. Que aquello me ofreció la oportunidad de introducirme en otras personas (porque tras esa obra vinieron otras tantas), de sentarme en el corazón de otras mujeres, de estudiarme a mí misma, de evolucionar, de comprender múltiples formas de amar, y todo aquello, me sacudió interiormente, y caminé hacia mí misma sin ser consciente.

Recuerdo una noche, tras una actuación, mientras me cambiaba de ropa, una mujer de otra compañía muy buena, se dirigió a un compañero mío y le dijo: “¿Quién es esa chica tan guapa y tan buena que habéis incorporado al grupo? ¿de dónde la habéis sacado? es increíble! Estas cosas se avisan”.  Y al escucharlo, sentí que iba a desvanecerme, obviamente no salí del camerino, me quedé allí, en silencio, asustada ante no sé qué, quizá simplemente me sentía mayor, diferente y aterrada.

Mi amor por la interpretación no murió nunca. Sencillamente tuve otras muchas cosas en la cabeza de las que debía ocuparme (mi batalla a partir de los 18 años fue el ser aceptada como lesbiana en una ciudad y un entorno mayoritariamente conservador, que cuestionaba mi sexualidad o mi decisión por el simple hecho de ser femenina y no coincidir este hecho con sus absurdas generalizaciones sobre la homosexualidad) , poner en orden mi vida, elegir una carrera (porque mi familia se opuso a que fuese “solamente actriz”), y tuve alguna que otra pareja celosa que no quiso que yo hiciese teatro, que me exhibiese o que viajase de vez en cuando. Y yo, resignada, abandoné aquel sueño o aquella experiencia inolvidable, que duró unos años importantes de mi existencia, pero de vez en cuando, abro los cajones, y extiendo sobre la alfombra, todos aquellos recuerdos que me hicieron tan feliz, tan completa, y segura.

Yo una vez fui actriz, y me convertí en tantas mujeres, que aprendí a comprender las múltiples y ricas perspectivas de una misma cosa.

Anuncios

12 comentarios en “Yo una vez fui actriz

  1. Yo también fui alguna vez actriz, quizá porque lo llevo en la sangre. Recuerdo el placer de meterse en otra piel, la asombrosa libertad que sentía al interpretar sentimientos que no eran los míos, como si yo fuera un lienzo en blanco en el que pudiera pintarse cualquier cosa.

    De todas formas, no pasó de ser hobby, un divertimento, aunque eso sí, en cualuier momento estoy dispuesta a ponerme la máscara otra vez y que se abra el telón….

    Me gusta mucho tu blog (cambiando de tema) no solo por las reflexiones que haces sino también la manera que tienes de contarlas. Creo que voy a pasarme por aquí de vez en cuando, porque siempre es agradable ver el mundo a través de otra perspectiva.

    Escribe mucho 😉

  2. Qué entrada tan bonita… Nunca dejarás de ser actriz y nunca es tarde para retomarlo. ¿Quién sabe si cuando seas una abuelilla te vuelves a subir a las tablas para representar, esta vez, a otro tipo de mujeres? 🙂

    • A “Butterflied”: muchas gracias!!! Y si, jajaja, quién sabe? desde luego interpretar y escribir son dos adicciones que espero llevar siempre conmigo. Un abrazo, me gusta verte por aquí! 🙂

  3. De alguna manera nunca se deja de ser lo que una vez se consiguió ser…-digo yo, vamos…. ( Que me ha quedado como una sentencia bíblica…)
    Besos.Lenteja

    • A “Lenteja”: yo también opino que nunca dejamos de ser lo que alguna vez hemos sido… Y pienso retomar esa pasión alguna vez!! Un beso, me gusta verte por aquí!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s