Zapatos de charol

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Cuando era pequeña me encantaban los zapatos, mi madrina solía complacer esos caprichos y me compraba muchísimos. Sobretodo me encantaban de charol, con una hebilla al lado, los tenía negros, rojos, azul marino, de lunares, lisos… Me gustaba el sonido que hacían (casi tanto como el sonido de la nieve al caer).

Recuerdo que además de los zapatos, sentía una especie de adicción al teatro, me gustaba convertir la sala de estar en escenarios, dejar de ser yo y transformarme en personajes que inventaba, también me encantaba bailar, mis padres tenían un equipo muy potente y el salón se llenaba de música, parecía que flotaba con Only You, o Tu serás mi baby, o cualquiera de esas canciones de Alaska, o Dirty Dancing o Grease… Amaba los libros, en casa había tantos que no me alcanzaba el tiempo de leerlos. También escribía mis propias obras, con dibujos y faltas de ortografía. Y montar en bicicleta los sábados por la mañana, mientras papá me vigilaba de lejos. Comer pipas con sal, y chupa-chups con chicle. Era una niña diplomática, que nunca hacía uso de rabietas ni de la violencia con mis padres o con mis iguales. Me sofocaba ver a alguien sufrir, fuese otro niño o un animal, y entonces se me encendían las mejillas, el corazón me latía a toda velocidad, sentía una especie de fuerza sobrenatural y defendía con las palabras al débil, fuese quien fuese.

En la casa de verano pasaba mis horas de siesta leyendo o jugando a algo tranquilo, que no hiciese ruido. Escuchaba a las cigarras y a los grillos para contar el tiempo. Y solo pedía helado de vainilla.

Lo que sí que no me gustaba nada, era la situación que vivía en el pueblecito al que íbamos en verano. Había un niño de mi edad que vivía al lado, y nada más ver llegar nuestro coche, salía disparado y me proponía jugar, quedar, vernos, lo que fuese. Mamá siempre me miraba como diciendo: “míralo que mono es, ¿no irás a ser grosera?”.

A todo el mundo le hacía gracia vernos juntos, nos echaban fotos (aún las tengo), nos piropeaban, y yo me sentía presionada. A mí no me gustaba el niño, para nada, y prefería jugar tranquila sin su impertinente forma de avasallarme. Pero nadie me entendía. Tenía que encantarme si o si, porque era un niño educado, que olía siempre a colonia, y que adoraba cada uno de mis movimientos.

Con el tiempo, me quité de encima la obligación, y dejamos de ser amigos. Y cuando me hice mayor, volvimos a salir a dar una vuelta, obviamente ya no jugábamos, pero conversábamos sobre todo. Un verano, complicado y doloroso para mí, le dije bajo un inmenso manto de estrellas, que me gustaban las chicas y que no sabía dónde apoyarme, que estaba ilusionada y asustada a partes iguales. Nos quedamos tumbados en la hierba, en plena noche, mirando al cielo. Recuerdo el silencio, las estrellas, la calma. Él me habló largo rato, sobre cosas muy bonitas, me dijo que fuese yo misma, que luchase por aquello que me hacía feliz, que él siempre estaría ahí para apoyarme.

Curioso. Pasó de ser un niño al que evitaba, a un buen amigo.

Curioso, pero cuando somos sinceras/os y fieles a lo que sentimos, cosechamos mejores relaciones con el mundo, y por supuesto, somos infinitamente más felices.

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7 comentarios en “Zapatos de charol

  1. Yo esperaba una entrada al mejor estilo de Carry Bradshaw sobre zapatos… jajaja, me encantó.

    Tus curiosidades me parecen muy interesantes, sin embargo no todas tenemos la misma suerte, a veces a la inversa: un buen amigo se transforma en esa persona que no deseamos (ni nos quiere) volver a ver y cuando una suelta esas “bombas” existenciales, se alejan maldiciendo el tiempo que nos han dedicado.

    Un abrazo Hadita

  2. Zapatos de charol… que recuerdos me traen dichos zapatos, cuando mi hermana mayor como loca venía corriendo y gritando a todo el mundo que la habían comprado unos zapatos de charol. Aquello era lo más que lo más. Ya tenía tema de conversación durante días, para hablárlo con las amigas, que donde se los habían comprado, que ¿por qué ese color y no otro? A saber la de conversaciones que tendrían acerca de aquellos zapatos. A mi también mi madre también trató de hacerme amigo por activa o por pasiva de un vecino muy repípi porque sacaba muy buenas notas, pero a mi el que me gustaba era el vecino de al lado. Así tus recuerdos me han traído algunos de mi infancia que hayan encantado todos los tuyos ya que tienes una forma tan personal y tan maravillosamente tuya de contarlos. También me ha encantado la ilustración. En realidad me encantan todas tus ilustraciones, debes de tener un cajón lleno de bellas ilustraciones para ilustra cada post tuyo. También Aparte de todo el relato, me ha encantado su maravilloso final, aunque como dice SimpleDay, no siempre es así en la mayoría de los casos que he conocido triste y lamentablemente, no es así, los que creías tus mejores amigos, pasan a ser en un segundo de sinceridad propia para con ellos, tus mejores enemigos. Mucha suerte tuviste con este chico y me alegro mucho por ello.

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