Infancia

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Hoy sucedió una anécdota en la escuela en la que trabajo, aparentemente insignificante, o no.

Este curso, no elegí una clase para mí, sino que opté por ser la maestra de apoyo de los niños y niñas de 3 a 5 años. De forma que entro en todas las aulas de estas edades del colegio y voy ofreciendo un refuerzo educativo al alumnado que más lo necesita. Esto me ha permitido conocer diferentes maneras de llevar un aula, y desde luego, hay actitudes y prejuicios de algunos docentes que me entristecen, porque los niños/as sufren. Este año he visto “muchas cosas” inadecuadas, conductas en el profesorado que no me gustan nada.

Esta mañana, una compañera trajo a un niño pequeño castigado a otra clase, es cierto que el niño es generalmente nervioso, pero aún así me acerqué a él, y le pregunté: -¿Qué ha pasado?.

Al aproximarme, noté que el niño temblaba de miedo, literalmente. Y me respondió muy bajito, apenas perceptible que se había portado “un poquito mal”. Será que soy más blanda que el resto, pero creo que simplemente soy más sensible al dolor ajeno, y no pude reprimir el impulso de abrazarle, porque no considero necesario que alguien tiemble de miedo por haberse levantado de su silla o haber hablado más de la cuenta en el aula, ni por nada, la verdad. Creo que el respeto a la figura del docente no debe plantearse desde la coacción, los gritos o el miedo, hay que manejar las cosas de otro modo, más diplomático. Se puede ser firme, sin llegar a esos extremos. Es cierto que actualmente, en todos los centros, sean del entorno socioeconómico que sea, los niños y las niñas vienen muy consentidos e incluso maleducados/as, y que conseguir un clima de respeto y armonía con casi 30 alumnos/as caprichosos es difícil, pero aún así, ante todo, no podemos olvidar que somos una figura de referencia emocional/intelectual de esos peques, y que ellos/as nos “necesitan”, admiran y quieren sin condiciones.

Yo no me considero mejor ni peor que nadie, pero lo que sí me dice mucho acerca de mi trabajo es que cada vez que entro en un aula, los niños y las niñas corean mi nombre, se abrazan a mi cintura, me siguen por el patio, se ríen a carcajadas hasta caer al suelo, me piden que “juguemos a piratas” en el recreo, me cuentan sus miedos y los conflictos en casa, se muestra tal y como son, sin temor a ser juzgados/as… Y eso para mí, es una señal muy positiva.

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5 comentarios en “Infancia

  1. Me siento muy identificada con lo que explicas… Yo también creo que soy un poco blanda, aunque puedo dar mis clases perfectamente y mis alumnos aprenden y me respetan. A cambio de esa supuesta “blandura”, la mayoría me quiere mucho, me cuentan sus problemas, me dicen cosas bonitas, nos reímos muchísimo en clase… Para mí, eso no tiene precio. No lo cambiaría por poner cara de ajo cada día. Además, es que no me saldría ni a tiros 😀

  2. Y claro que es una señal positiva, ya te digo Hadita, como siempre, que tus anécdotas me hacen recordar a mi Niña favorita, la de Kínder.
    Creo que pasarán los años y quizás vos estés en la memoria de ellos y te recuerden como yo recuerdo a mi Niña con una sonrisa en la cara… eso podrá ser una satisfacción tuya, por siempre.
    Un abrazo

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