Pensar – decidir – cambiar

A veces dicen que una imagen vale más que mil palabras.

Cuando yo era pequeña, solía temer toda clase de animales, era una niña urbana poco acostumbrada al contacto con la naturaleza. Normalmente contemplaba a los perros de lejos, medio asustada, pero si por cualquier razón veía a un animal sufrir, sentía un enorme dolor en el centro del pecho.

Conforme fui creciendo, comencé a pensar por mi misma, esto quiere decir, que pasé de tener una moral heterónoma (consideramos que está bien aquello que nos dicen los adultos sin cuestionar la idea o la acción en sí misma, ejemplo: la maestra dice que esto está bien y aquello está mal y así lo hago, sin reflexionar nada más, sin decidir ni pensar por mi misma). Cuando crecemos, comenzamos a cuestionar todo lo que nos han dicho, entramos en una pequeña crisis existencial en la que queremos tomar nuestras propias decisiones, elegir, decir, pensar, hablar, y lentamente construimos nuestra “moral autónoma” (que suele alcanzarse en la edad adulta, aunque hay muchas personas que no la alcanzan nunca).

A los catorce o quince años, empecé a cuestionar el clasismo de muchos de mis compañeros/as, mi familia era bien acomodada, así que NO lo cuestioné porque me perjudicase a mí, sino porque me resultaba absurdo que algunas de mis amigas y amigos tratasen mal a las mujeres que trabajaban limpiando y cocinando en sus casas, me daban ganas de gritar cuando se reían del Corán de sus “criadas/esclavas” internas en sus casas. Aunque yo podría haber sido igual, decidí desterrar esa forma injusta y discriminatoria de tratar a otras personas por el simple hecho de tener menos posibilidades económicas.

Casi al mismo tiempo, fui siendo consciente de los comentarios sexistas de algunas personas (monjas, compañeros de clase, conocidos/as…), leí sobre el tema, y empecé a desterrar esa clase de comportamientos y a expresar mis opiniones.

Por si fuera poco, sobre los 18 años, tomé gradualmente consciencia de mi homosexualidad, y aunque no cumplía ninguno de los absurdos estereotipos que se relacionaban con las lesbianas (ni era masculina, ni fea, ni me gustaba el fútbol, ni me costaba ligar/gustar, ni llevaba el pelo corto, ni miraba escotes ajenos ni buscaba jugar al rol de hombre ni nada parecido), luché por ser feliz y por salir del armario con decisión. Y al mismo tiempo, batallé con mis palabras y acciones para que todas las mujeres lesbianas del mundo se sintiesen respaldadas, integradas, acompañadas.

En mi adolescencia, comenzaron a llegar numerosos inmigrantes a España, venían de todas partes, en pateras, en avión, en camiones, buscando una vida digna, una opción diferente a la que tenían en sus países de origen. Muchos de mis amigos hacían comentarios ofensivos, racistas, y busqué información sobre los orígenes del racismo, leí tanto que llegué a conocer la preciosa historia de Rosa Parks, la primera mujer negra que se negó a ceder su asiento de autobús a un blanco. Decidí que el racismo era una batalla pendiente, y que yo no sería quién discriminase a nadie por su color, religión, lengua o lugar de nacimiento, que todos/as merecíamos disfrutar de nuestras vidas.

Y así, contemplando las diferentes formas de discriminación, eligiendo no participar de ninguna de ellas, llegué de repente a otra, a la más grave actualmente. El especismo. Los animales no humanos comparten muchas cosas con nosotros/as: son capaces de sentir dolor, son capaces de establecer vínculos emocionales con sus crías, son capaces de ayudar, son capaces de acompañar, huyen del sufrimiento y disfrutan muchísimo si les dejamos en paz. Nos han educado para verlos como objetos, como máquinas de producción, como juguetes de compañía, como prendas de vestir, etc, de modo que NO SOMOS culpables de nada. Pero nosotras/os podemos elegir si participar o no de esto, si seguir haciendo “lo de siempre”, o cambiar lo que podamos. Yo cambié. Yo dejé de contemplarlos como seres inferiores, y comencé a verlos como individuos estupendos que merecen respeto, y por respeto nunca se entiende explotación, asesinato, uso… Al menos desde mi punto de vista. Repito: no somos culpables por comer animales, o por comprarlos, ni por asistir a circos, PERO con este post, quiero invitaros a pensar un poquito sobre cómo podemos ayudarles, cómo podemos dejar de participar de su sufrimiento.

He aquí unas imágenes.  Porque como dije al principio una imagen vale más que mil palabras.

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Haz la conexión y cambia…

 

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