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Yo tenía 17 años. Me recuerdo perfectamente. Llevaba el pelo largo, casi rubio, las peluqueras siempre lo alababan. Era el último fin de semana del mes de mayo. Hacía calor y mis padres siempre eran invitados a pasar un fin de semana en un hotel de cinco estrellas frente al mar, pues asistían cada año a unas conferencias de medicina e iban con nosotras (mi hermana y yo). 

Aquel hotel tenía una enorme piscina con una forma de flor o estrella, no me acuerdo, y largos pasillos, desayuno buffet y el mar para comérselo a bocados. Normalmente, nos acompañaban los mejores amigos de mis padres (que eran médicos también) y sus hijas, que eran como hermanas para mí. Por las noches éramos libres como el viento, y bajábamos a la piscina a mirar el cielo, a charlar mojándonos los pies.

Una de esas noches rompí a llorar como una idiota. Yo tenía 17 años. Estábamos sentadas (las cuatro, las hijas de los amigos de mis padres, mi hermana et moi) en las tumbonas, y solo se escuchaba una cancioncilla que me dió dos bofetadas en la cara. La canción hablaba de amor, o de la primera vez de muchas cosas, la letra tenía numerosas interpretaciones, pero yo supe que necesitaba enamorarme, dejar de una vez por todas de engañarme con un chico o con otro (niños buenos siempre), batallar como pudiese hasta conocer a alguien que pusiera mi mundo patas arriba, y que quizá esa persona tendría que ser una mujer tan apasionada, compleja, sensible y valiente como yo. Sabía que no encajaba entre las amigas futbolistas de una conocida, tampoco encajaba en ciertos ambientes de discotecas, yo quería encontrar el amor de mi vida, vivirme hasta el fondo, comer a besos, viajar, decir, posicionarme, llorar de amor y de placer, coserme otro nombre en la piel, abrirme de piernas y alma a otra persona con el corazón en la boca, sentir el precipicio en el estómago, decir que sí, ruborizarme, aprenderme de memoria un cuerpo ajeno, hacer feliz, hacerme feliz, apoyar, consolar, reír a carcajadas antes de cruzar una avenida, olvidarme del tiempo… Sabía que no me valdría cualquiera, sabía que podría cometer errores hasta tener la certeza de haber acertado.

Lloré desconsoladamente, porque quería compartir aquella tumbona, aquel trozo de playa, aquel momento, aquellas estrellas torcidas, con alguien, con una mujer. Y sabía que hasta ese momento no había sido consciente de la magnitud de esa necesidad.

Recuerdo que otra de nosotras empezó a llorar. Parecíamos dos tontas. 

Yo no dije por qué, ni mi amiga tampoco. 

Se nos pasó la llantina. Y me quedé mirando el cielo. Después nos fuimos a dormir, como si nada. Yo recuerdo aquella noche como la última noche o la primera de muchas.

Os dejo una canción que me emociona una y otra vez. Aunque no es la canción que me hizo despertar. Es otra. Pero vale la pena escucharla.

https://www.youtube.com/watch?v=luekHkWCaoo

 

 

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3 comentarios en “

  1. Volver a los 17 ¿Quién no ha vuelto alguna vez a recordar esa edad en la que se desata un maremagnum de dudas (When the children if). La edad del ¿Y sí…? La edad en que se abren nuevos caminos y proyectos como el que aquí escribes de enamorarte de encontrar el amor de tu vida, sabíendo que no encajabas entre las amigas futbolistas de una conocida y que tampoco encajabas en ciertos ambientes de discotecas. La edad en que se llora por cualquier cosa porque la sensibilidad está a flor de piel. La edad de unos cambios vertiginosos. Que bonito es de vez en cuando volver a los 17.

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