Por si me olvido mañana

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Fotografía de Robert Doisneau.

Cambio de colegio. Cambio de horarios. Cambio de temperatura.

Cada año llegan a mis brazos niñ@s nuev@s, con gestos y voces a las que acostumbrarme. Con sus entrañables y dolorosos ataques de ansiedad, porque tienen que experimentar el desapego y adaptarse a espacios, juegos, caras y normas. Guardo todos sus nombres y abrazos en mi memoria. A veces me olvido, no puedo retenerlo todo, es imposible. Pero contra todo pronóstico, recuerdo con mayor detalle a aquellos alumnos más complicados, a los que traían peor bagaje, a los niños tristes de ojos tristes, a los que estallaron de ira porque pedían a gritos que alguien les quisiera, a los más sensibles también.

Vienen a mi cabeza algunas imágenes, que seguro que olvidaré mañana o pasado. Aquel día que corríamos (niños y yo) con unos molinillos de colores en la mano y alucinaban cuando aquello se movía a toda velocidad, o aquella mañana que se me ocurrió contarles un cuento en el patio y empezó a llover sobre nuestras cabezas y un niño se hizo pis de la emoción, o las veces que me llevé las botas de agua y saltamos en los charcos, o la primera vez que ayudé a que un niño aprendiese a leer y leyó una frase emocionado mientras repetía “¡sé leer! ¡sé leer!”. O mi primera clase, aquellos nervios. Y aquel ramito de flores que me entregó un niño que no tenía agua caliente ni dinero para ir al dentista. Los juegos con arcilla en las mañanas de invierno. Sus besos con babas en mi mejilla. Aquellas niñas que se pintaban los labios y las uñas de color rojo, para parecerse a mí. La primera vez que unos alumnos/as pisaron un teatro de mi mano, sus ojos abiertos de par en par, y aquel olor a escenario. Los ataques de risa sobre la alfombra del aula, mientras yo les decía las tonterías más absurdas del mundo. Los miles de cuentos que me he tenido que inventar sobre la marcha, cuando algún niño necesitaba la respuesta a una cuestión existencial. Los ataques de cosquillas. Los disfraces. La música, sus bailes como locos sobre mesas y sillas. El caos y el silencio. Sus preguntas, sus cientos de preguntas sobre el amor, la amistad, la justicia, la muerte. Mi batalla personal para que sean niños/as libres y felices, rechazando todo tipo de prejuicio. Su guerra cuando llegaban del recreo, para seguir con la fiesta. El día que un niño me pidió estar descalzo en el aula, y a mí me pareció de lo más normal. Los puzzles. La ternura. Aquel carnaval en el que me “obligaron” a vestirme de Caperucita y quedé un poco porno (desde entonces dejé de disfrazarme). Los talleres de arte, de cocina, de filosofía con ellos, con su infinita capacidad para sorprenderme.

Lo dejo todo aquí, por escrito, por si un día se me olvida.

 

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4 comentarios en “Por si me olvido mañana

  1. Gracias Hadita por dejarlo todo aquí, por escrito, por si un día se te olvida, ya que leer de vez en cuando tan bonitas y bellas palabras, harán que recuerde con agradable añoranza mi infancia con las “seños” Margarita y Cristina y como no, la Madre Sofía, la mejor educadora y pedagoga que tuve la suerte de tenerla como maestra cuando yo tenía 6 años y que por aquella época todavía no se sabía mucho, ni se aplicaban los términos de educadora y pedagoga.

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