Sex and love

Descubrí a Anni B Sweet hace un año y medio aproximadamente. Es una cantautora andaluza que canta generalmente en inglés con clarísimas influencias del pop indie y del folk, y a mí su voz me deja alucinada. Hoy mientras conducía hacia el trabajo, su voz golpeó mi corazón con este tema, se me llenaron los asientos de esa dulzura melódica y quise pararme en un semáforo o en el arcén, y disfrutarla. Pero no lo hice, porque últimamente voy tarde a todas partes, el tiempo y yo no nos entendemos.

Hoy llovía. Y éramos Anni y yo en mi coche, bajo la tormenta.

A mí esta canción es que no me recuerda a nada especialmente, pero parece que siempre haya estado ahí. Como cuando miras a alguien por primera vez, y piensas: ¿nos hemos conocido antes?

De lo que sí me he acordado hoy es de un libro que leí hace muchos años. La puerta estrecha. De André Gide (premio nobel de literatura en 1947). No alcanzo a rememorar cómo llegó a mis manos, pero lo sostuve unos días hasta devorarlo. La obra nos narra, en primera persona y a modo de una entrañable y angustiosa confesión al oído, la historia de amor de Jêrome y su prima Alissa. El primero es un jovencísimo e inocente parisino que en uno de sus veranos en casa de sus tíos en Normandía, se enamora perdidamente de Alissa, una chica sensata y austera, que lo ama con ternura. Jóvenes y susceptibles de dejarse influir por las convicciones sociales y religiosas de su época, retuercen y esconden aquel sentimiento tan bonito, desnudándolo de sencillez y transformándolo en una enfermedad y en un dolor intermitente que los acompaña toda su vida.

Recuerdo muy bien el discurso que ambos protagonistas escuchan en una iglesia, sentados en un banco. Un mensaje repleto de temor y amenaza sobre el amor, pero sobretodo, sobre el deseo y la necesidad de tomar siempre el camino de la puerta estrecha, con el fin de evitar la tentación. Y lo adapto al siglo XXI. ¿Hasta qué punto seguimos siendo educadas/os (especialmente las mujeres) bajo esas condiciones? Quizá no se utilizan los mismo parámetros, pero observo que en el fondo, la idea es la misma.

Percibir el placer o el deseo como un lujo ocasional, una función reproductora dentro del matrimonio o un acto pecaminoso desligado del amor (o no, pero prohibido igualmente) es destructivo y puede llegar a incapacitar a determinadas personas para sentirlo y disfrutarlo como lo que realmente es: algo maravilloso si sus participantes lo desean y consienten.

Mis padres siempre han sido muy abiertos, pero aún así, el sexo era algo que generaba inquietud, preocupación, como si hacerlo pudiese hacernos daño, o como si en el fondo quisieran contemplarnos (a mi hermana y a mí) como niñas y por consiguiente, omitir esa dimensión del ser humano (la necesidad de relacionarse sexualmente con otras personas).

Cuando yo tenía siete años, un niño me pidió que me casase con él. Así. La verdad es que no era el chico que más me gustaba, había otro mucho más sensible que me resultaba encantador. Aún así lo hice. Algunas niñas y niños subíamos a un cuarto oscuro que había junto al aula. Allí, aquel niño me susurró:”ahora podríamos darnos un beso”. Y bueno, no recuerdo cómo lo besé, pero volví a aquel cuarto oscuro algunas veces, muerta de curiosidad y repleta de inocencia. El profesor nos descubrió y llamó a nuestros padres. Aún retengo en mi memoria aquella escena, mis padres muy enfadados, sobretodo él. Yo no entendía absolutamente nada, ¿qué tenía de terrible? ¿de qué me hablaban exactamente? De algún modo desterré esa curiosidad durante un tiempo, y no quise hacer preguntas al respecto, e inconscientemente asocié la “atracción” hacia otras personas con una vaga sensación de culpa.

Supongo que los niños y las niñas somos así de influenciables. Nuestra moral heterónoma nos impide ver más allá de lo que dicen nuestros padres (con la mejor de sus intenciones).

Años más tarde, sobre los dieciséis me enamoré de mi mejor amiga, claro que no supe de qué se trataba hasta mucho después.  Nunca fuimos amantes, ni nada parecido. Salíamos con chicos que nunca llenaban ese vacío existencial del que hablábamos en las escaleras del portal de mi casa. Alguna vez la deseé más allá de sus abrazos y sus besos en la comisura de mis labios. Alguna vez me tembló el pulso cuando su aliento rozaba mi cuello, o aquella vez que tuve que sostenerla en mi regazo durante una hora y se quedó dormida, o en aquellas noches y tardes en su cama hablando del examen del día siguiente y ella se subía sobre mí haciendo tonterías. Y aquella vez en la orilla, cuando miré su ombligo y ella sonreía como diciendo: ven aquí. Pero aquel deseo incipiente nos alejó brutalmente y dejamos de hablarnos sin saber las razones. Nuestros amigos decían: pero ¿qué os ha pasado? Nada, es que nada había sucedido realmente, excepto eso, que sentíamos el amor en nuestro vientre y se extendía al corazón y las entrañas. Aunque no podíamos pronunciar ni comprender toda esa maraña de emociones. Y la perdí, y me perdió. Porque no era el momento, y no teníamos la herramientas para asumir todo aquello, quizá porque en el colegio y en casa nadie nos hablo con naturalidad del amor o de las relaciones saludables afectivo amorosas.

Conocí una vez a una pareja heterosexual en la que él la amaba y deseaba, y en la que ella nunca quería hacer el amor. Él estaba destrozado, y trató durante años reconquistarla, pero no era que ella no lo quisiese, lo apreciaba si, a su manera, pero el contacto físico no era imprescindible, para él sí.

Lo cierto es que a veces he reprimido mis impulsos más primarios, para seguir siendo una niña buena que actúa como todos esperan. A veces he guardado en mis bolsillos lo que sentía para no salirme del camino que marcaron para nosotras. Y me he acordado de aquellas monjas que nunca respondían nuestras preguntas de sexo en clase de biología. Y aquella vez que compré un libro para cerciorarme de cómo se hacía el amor con otra chica, y casi muero de vergüenza. ¿Qué tiene de negativo disfrutar? si nuestro cuerpo nos ofrece un millón de posibilidades. Si hemos nacido con la  sensibilidad necesaria para alcanzar las cimas del placer más absoluto. ¿Por qué hay personas (yo no) que desaprovechan todo esto o lo reservan para ocasiones puntuales de extrema necesidad ? ¿Por qué no podemos, simplemente, enamorarnos (o quién no quiera, pues no) y amar con todo lo que tenemos? (alma, corazón, arterias, piel, ojos, manos, sexo…). ¿Por qué otorgarle a un beso, una caricia o un polvo memorable una connotación negativa, obscena o digna de esconder? ¿Y, por qué no nos besamos delante de nuestros padres? ¿Por qué frenamos el impulso de demostrar afecto a otra persona? Creo que en el fondo todas y todos, en mayor o menor medida, nos sentimos condicionadas/os por los vestigios de aquellos sermones que las iglesias regalaban a sus feligreses.

No sé cómo educaré a mis hijos/as, no sé si me llenaré de miedos y proteccionismo innecesario, espero que no. Pero lo que sí sé, es que por encima de todo, les hablaré del misterio maravilloso y saludable que encierra el amor, reflejándome en aquello que digo y defiendo.

Para mí el deseo está íntimamente relacionado con el amor (aunque comprendo que no siempre), con el respeto, la admiración, la equidad, la ternura, la falta de control, y el placer más intenso y dulce de todos, y se aleja de esa imagen desvirtuada que desde hace siglos se perpetúa desde las aulas, o desde las salas de estar.

Y ahora pienso: ¿qué tiene todo esto que ver con la canción de Anni B Sweet?

 

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5 comentarios en “Sex and love

  1. Creo que sería el amor en donde menos deberíamos sentir culpa, y al contrario, es donde terminamos sufriendo más con culpas y silencios. Pienso que se trata de decidir a amar incondicionalmente, cueste lo que cuesta, pase lo que pase, pero a veces resulta tan difícil hacerlo. Alguna vez leí: ¿Qué harías si no tuvieras miedo?
    Yo no conocía a Anni B Sweet, pero me ha gustado mucho su estilo.

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