Tráfico

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Hoy he sobrevivido a uno de esos atascos insufribles de autopista. Al principio pensé que era rarísimo pillar atasco si hoy solo era miércoles y no coincidía con ninguna operación salida vacacional. Después dejé de pensar y me quedé embelesada con el paisaje.

Volvía de la playa, hombros ligeramente enrojecidos, pelo despeinado e ingobernable, y cara de agotamiento absoluto. Me moría por llegar a casa, darme una ducha y tomar la cena. Apenas avanzábamos, así que el coche ejercía un suave balanceo tranquilizador. Pensé que podía dormirme ahí mismo.

Unos tipos empezaron a tocar el cláxon. No los miré. Iban a mi lado, en un coche vencido de golpes y descuidos. Lo hicieron sonar una, dos… hasta siete u ocho veces. Así que miré a mi izquierda y ahí estaban. Cuatro tipos con camisa y cara de padres de familia, haciéndome gestos descarados. Avancé un poco, para no verles. Pero ellos seguían molestando, tiraban besos, incordiaban, y volvían a hacer sonar su cláxon. Y yo no podía huir, porque estaba atrapada en un atasco junto a ese grupo de idiotas.

No les miré, subí el volumen de la música, pero sentía sus gestos al otro lado del cristal, gestos cada vez más ofensivos, obscenos.

Me daban ganas de bajar la ventanilla y decirles cualquier barbaridad con una sonrisa.

Pero no lo hice. Solo pude mostrar indiferencia.

Entonces el tráfico se reanudó. Y empezamos a avanzar, despacio. Policías, ambulancias, todo recogido ya. Un camión volcado, mejor no mirar.

Despacio, aún íbamos muy lento.

Los tipos del coche mosqueados por mi indiferencia no me dejaban paso al carril en el que tenía que meterme si o si, y gritaron por la ventanilla:

-Guapa, que estás para comerte, sonríe un poquito y te dejamos pasar.

Pero decidí esperar, y en el siguiente coche… Una chica guapísima, casi detiene su coche y me sonríe con dulzura, invitándome a pasar delante de ella.

Y susurré para mí… Tenía que ser una chica…

(Que conste, que generalmente todos los hombres que me cruzo son atentos, respetuosos y educados, pero de vez en cuando parece que volvemos a la Prehistoria)

 

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Susana

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Susana.

Nunca he dedicado un post a nadie. He hablado de determinadas personas, pero dedicar unas palabras concretas a alguien, creo que no.

Reconozco que estas últimas semanas han sido todo un punto de inflexión en mi vida (y que aún me queda trayecto), y toda esta guerra interior me ha hecho pensar en lo muchísimo que me importa mi amiga Susi.

Susana es una mujer sin sombras, a mí me recuerda a los vencejos, libres, arriba.Parece que siempre mire hacia mí, con los brazos extendidos y las palmas de las manos hacia el cielo.  Nos hicimos amigas a través de un taller de escritura, cuando ninguna de nosotras podía dejar de leer los relatos de la otra. Aquellas historias breves en invierno, que nos retorcían las entrañas hasta exprimirlas, aquellos ejercicios de introspección adornados de ficciones. Aquellos meses suyos, tan llenos de preguntas.

Nos hicimos amigas sin ningún tipo de compromiso ni etiqueta. Le he hablado tantas veces, con mi corazón en la mesa… Y ella siempre lo observa, con interés, sin juicio. ¿Te acuerdas, Susana, de aquella tarde de lluvia? ¿de aquel café? ¿de tí y de mí encontrándonos en una plaza de álamos?

Creo que no había conocido a alguien como ella anteriormente. Tan dispuesta a decir, a escuchar, a sentir. Me invitó a abrir todas las ventanas de mi casa, a dejarme ver, a ser.

Vive en una casa-proyecto, que llena de palabras, personas, y emociones. Siempre que pienso en su casa, me dan ganas de cerrar la puerta y quedarme dentro, y crecer con ella.

A veces la necesito o me necesita, y nos llamamos. Y otras, dejamos pasar el tiempo, y volvemos a encontrarnos. Es como si supiésemos dónde reunirnos, dónde estamos esperándonos.

Ella, su mirada de mañanas, lo que dice, lo que mira, su iridiscencia, su ternura, su inteligencia, su optimismo, su capacidad infinita de amar con la piel, con las manos en la tierra, con el alma.

No puedo enumerar todo lo que he aprendido con ella, pero ha sacado lo mejor de mí, desde las vísceras.

Quizá yo nunca he dicho: te quiero hasta aquí -señalando con la mano.

Pero se ha ganado todo el cariño que me caben en los dedos, bolsillos, cajones y armarios. Todo. Ella, que es todo amor.

Susana va conmigo. Quiero que vaya conmigo. Quiero que ahora, y siempre cuente conmigo.

Gracias gracias gracias por esta amistad sin nombre y no-caduca fosforescente.

 

 

 

Estirar el verano

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Me dan ganas de estirar el verano, hasta donde llegue. Este mes de agosto es un punto de inflexión en mi vida, en tantos sentidos que no sé si soy capaz de abarcarlo todo el los bolsillos. Para bien o para mal, de estas etapas siempre se obtienen frutos y aprendizajes.

En septiembre empezaré en un nuevo colegio. Nuevos chicos, nuevo camino, nuevas formas. Creo que voy a echar de menos a mis alumnos/as anteriores, siempre me pasa, llevo tantos nombres e historias encima que me pesa tanta mudanza escolar.

Observo cómo todo se deshace y se reinventa, hay una evolución en mis entrañas, hay otra yo delante del espejo, más adulta, más segura, menos miedos, más batallas.

No he tenido tiempo, dedos, ganas de escribir, porque a veces no sé qué poner. Pero os leo, eso si, aunque no deje comentarios. Últimamente he descubierto el blog de Nepomundos que podéis encontrar en mi barra lateral. Creo que he llegado a reír y a llorar con él, con su vida, su marido, sus gatos, perros y niños. Creo que son dos individuos tan sensibles y divertidos en sus andanzas, que merece la pena leer sus líneas.

Playas, piscinas, montaña, ciudad… No quiero volver a septiembre. Lo detestaba en la niñez y sigo haciéndolo ahora. Con lo bonito que es el verano, con sus sandalias, vestidos y refrescos de naranja. Mi pareja siempre lo dice, que yo en verano me despierto.

Con diez años siempre hacía listas a finales de agosto. Listas con aquello que me proponía hacer / sentir el próximo curso. Era mi forma de morderme la lengua y aceptar que se terminaba la libertad de hacer las cosas sin prisas.

Este verano he leído, entre otras cosas, La Mujer Transparente, de Vanesa Ejea, una historia que camina despacio, y nos habla de ciclos,  cicatrices y de amor recién nacido. A mí me ha gustado.

Últimamente he visto a algunos de mis amigos en plena metamorfosis de todo (de piel, de ideas, de sueños), ¿qué pasa? ¿los treinta son así? No sé, a mí me asustan un poco.

Lo que sí sé, es que este ejercicio obligatorio de introspección que estoy haciendo, en el fondo me permite conocerme quizá desde un prisma nuevo y advenedizo, es como otro espejo, uno más, para mirarme.

 

 

 

Holidays

 

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Escribo desde uno de mis rincones favoritos del mundo. Estoy rodeada de calas, de castillos de arena, de alemanes/as, holandeses/as, inglesas/es, de aguas cristalinas, de peces de formas inexplicables y colores indefinidos, de helados de cucurucho, de gaviotas que cantan, de calma, de horas de sueño…

Aquí no utilizo reloj, pero llevo siempre el bikini, el sombrero y mi cámara de fotos.

Soy una piscis insaciable, y me encanta disfrutar de los detalles, de todos esos que pasan desapercibidos.

Home Sweet Home

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Mi pareja y yo estamos pensando invertir en una casa propia. La verdad es que llevo años viviendo de alquiler, y llevo a mis espaldas muchísimas mudanzas.

Por un lado nos asusta un poco meternos en una hipoteca, y todo eso. Pero por otra parte, nos atrae la idea de tener algo nuestro.

El problema es el siguiente: ¿dónde?

La ciudad la tenemos clara (más o menos), pero no el sitio. Actualmente vivimos en un barrio estupendo, junto al centro. Es una barrio de “guays”, de modernos con gafas de pasta, de hipsters, de gays y lesbianas, de familias hippies, de bicis, de niños jugando, de artistas, de perros, de personas que nos encantan, respetuosas, libres, alegres. Es un barrio en constante movimiento, lleno de tiendas y cafeterías vintage, y de muchas muchas librerías. Me gusta este sitio, porque me su alegría es contagiosa, y casi todo el mundo es amable (para mí es muy importante que el vecindario sea respetuoso, abierto y agradable). El precio de los pisos es elevado, pero también hay opciones más asequibles.

La duda surge cuando nos planteamos si queremos vivir rodeadas de tanto movimiento, de tanta gente, o si alguna vez necesitaremos un poco de calma, no sé. Hay días en los que me estresa el ruido constante, y sueño con una casa con jardín, huerto y piscina en la que disfrutar del cántico de los pajaritos, y en la que poder dormir bien.

También hay opciones intermedias, barrios alejados y más silenciosos, pero hay pocos barrios que me atraigan, me resultan tristes, o lejanos, o aburridos, o simplemente desconocidos.

Y es muy probable que después de decidirnos por una zona, pasemos otra fase de espera, porque hasta para alquilar tenemos que sentir que el piso/casa es un hogar nada más verlo. Somos así de sensibles-especiales.

Sé que mi novia y yo tenemos una admirable capacidad de adaptación, y seremos felices en cualquier parte, pero cuando nos planteamos comprarnos algo, tanteamos, y al final no somos capaces de tomar una decisión.

¿Qué nos aconsejáis? ¿En qué tipo de sitio vivís vosotras/os?

Ganas de verano

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Aprovechando unas fiestas en la ciudad, hemos ido a visitar a mis padres que viven cerca del mar. Así que traemos las mejillas y los hombros ligeramente colorados.

El jueves terminé mi jornada laboral agotada, además, la madre de una alumna, me saca un poco de quicio. Resulta que es una de esas madres que por alguna razón, no tiene demasiada vida personal, de estas que no tienen hobbies ni vicios culturales, y dedican su tiempo (con la mejor de sus intenciones, supongo) a instalarse en el colegio, a criticar al resto de los niños de mi clase y a sus madres (no soporta a los niños que son, a su juicio, menos inteligentes, o que vienen de un entorno algo desfavorecido), a opinar sobre temas que no son de su incumbencia (en plan: mi hija/o baila mejor que aquel, pon a mi hija/o en el centro y esconde a aquel niño que es más tímido o soso o torpe), a pedirme que la ayude fuera de mi horario laboral, en definitiva, a meterse siempre que puede donde no la llaman. Hasta ahora he podido manejar siempre la situación, hablando con amabilidad pero con firmeza, pero ella, cada viernes y cada día, al mediodía, cuando todo el mundo desea marcharse a casa a almorzar y descansar un poco, bajo un sol caliente, propone cualquier tema absurdo de conversación, relacionado con el colegio por supuesto (creo que por ella viviría dentro) y me entretiene, y yo, por educación, la escucho. Lo que menos tolero de ella, es su capacidad de crítica destructiva hacia otros niños, está obsesionada con que su prole sea la mejor, la primera en todo, la protagonista absoluta, y que el resto apenas brille. Yo, personalmente, si fuese mamá, jamás señalaría a los compañeros de mis hijos/as (todos los niños y niñas son estupendos/as) ni haría lo que fuese para hacerme notar.

Espero no convertirme nunca en alguien así (marujilla pesada y criticona). Yo creo que debemos darle a cada cosa su tiempo, pero sin obsesionarnos con una única cosas (sean hijos/as, o trabajo…). La vida se compone de cientos de elementos y recursos, de personas, de actividades, de responsabilidades, de ocio, de libros, de conversaciones, de películas, de canciones, de obligaciones, de amigos…

Después de mi dura crítica jajajaja (tenía que desahogarme), quería simplemente decir que ya huele a verano, las tiendas de helados tienen cola en la puerta, y por las noches, las terrazas se llenan de gente. Hoy, en la playa, me quedé suspendida en el agua, mirando al cielo, pensando que esta estación siempre fue una de mis favoritas, de esas que se llenan de recuerdos, de viajes y de fotos.

 

De cine: Nueva vida en Nueva York

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Nueva vida en Nueva York es la tercera parte de una historia divertida y entrañable que habla de Xavier y sus amigos. Aviso importante: voy a comentar algunos detalles de tres películas, no voy a destriparlas pero aún así lo aviso.

A mí, las dos películas anteriores (“Una Casa de Locos” y “Las muñecas rusas”) me gustaron bastante, aunque las ví hace años. La primera de ellas nos mostraba un grupo de amigos de Erasmus viviendo alegremente en la ciudad de Barcelona, en ella Xavier nos contaba sus aventuras, amores y desengaños, desde un punto de vista muy divertido. En la segunda entrega, “Las muñecas rusas”, seguíamos conociendo a Xavier, en una etapa de su vida diferente, la entrada definitiva a la juventud, la visión del amor, o del deseo, evolucionando lentamente, la vida agitándose en el pecho, y dos ciudades nuevas: París y Londres, desde las entrañas.

La tercera entrega es una mirada limpia, sincera y divertida de la cuidad de Nueva York, casi podemos respirarla. Xavier casi roza los 40, y decide irse a Nueva York para estar cerca de sus hijos, que ahora viven con su ex mujer y su nuevo marido súper norteamericano. Sigue teniendo los mismos amigos, las mismas inseguridades y la misma ternura. La vida no es tan sencilla como parece, partir de cero, buscar un sitio para vivir… No sé, a mí esta tercera película es la que más me ha gustado, me he reído muchísimo con determinadas escenas. Os la recomiendo totalmente, es una visión optimista y auténtica de la vida.

En las tres, hay un personaje lésbico: la mejor amiga de Xavier, que a veces roza la locura, con la líbido desatada casi en todo momento.