A los que sueñan

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Estuve trabajando hace unos años en una organización que de manera pacífica trataba de  abolir todo tipo de explotación animal. Recuerdo que al principio, cuando tomé contacto por casualidad con aquellas ideas y actos, me quedé sorprendida.

Sorprendida porque desde mi más tierna infancia asumí que los animales no humanos estaban concebidos para servirnos sin plantearme en ningún caso lo que sentían, sufrían o padecían. Y si, ellos sufren porque tienen la capacidad de sentir, y el deseo de tener una vida plena, libre, como cualquiera.

Leí, me informé y aprendí cientos de cosas en aquellos años, pues los argumentos que sostiene el movimiento antiespecista, son tan sensatos y razonables que no puedes llevarle la contraria a personas como Carol J. Adams, Tom Regan, Gary Francione o Joan Dunayer, por poner algunos ejemplos.

Después fui tomando conciencia de que toda esta revolución maravillosa y necesaria, conlleva una reconstrucción de intereses sociales y económicos, así como una reforma personal, individual y colectiva de principios éticos, y que por tanto, el “viaje” es lento, como lo ha sido para otros movimientos sociales (por ejemplo: la batalla contra la esclavitud afroamericana).

Aprendí también, que por mucho que yo comprendiese la magnitud de todo esto, otras personas no tenían por qué hacerlo, ni de forma inmediata ni quizá en toda su vida. Que no por ello eran personas peores ni egoístas, ni siquiera culpables, porque la educación que recibimos, las costumbres que asumimos y la moral que construyen por nosotras/os, nos impide, a veces, mirar más allá de lo que siempre hemos visto, y esto lo llevo a cualquier ámbito.

Y si, estas líneas van dedicadas a todos los que no están en el lugar que merecen ni viven acorde a sus necesidades y deseos. A los que “sueñan” que la vida, si o si, tiene que tratarse de otra cosa.

 

Duda

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Tengo una duda, una duda enorme que crece por día. Quizá no la consideréis importante, no sé, yo voy a exponerla aquí y esperaré algún consejo.

Trabajo en un colegio público desde hace unos meses. Ahora, en mayo, debo entregar un gran papeleo con el nombre de 150 colegios para el curso próximo. No sé si poner el de este año (y seguir así con mi misma clase, con los mismo niños/as) o no hacerlo.

Tengo una clase de niños y niñas estupendos, cuyos padres y madres me quieren y aprecian muchísimo mi trabajo. En ese sentido me siento bien. PERO hay cosas que no soporto de este colegio, al principio no le di ninguna importancia al hecho de que esta escuela situada en una zona favorecida tuviese un equipo directivo y unos docentes conservadores, para ellos la palabra “huelga” es sinónimo de escándalo. No le di importancia, porque pensé que cada persona, sean cuales sean sus opiniones políticas, merecen ser conocidas. Así que desde la más absoluta inocencia trabajé todos estos meses inserta en un ambiente así.

No obstante, desde hace unas semanas, han pasado algunas cosas que me hacen sentir incómoda y triste:

-Yo trabajo por proyectos, y este año me tuve que aguantar (por llegar la última) con los 15 libros de texto que me impusieron para niñas y niños de 4 años, libros de bajísima calidad que aburren a mis alumnos/as. Para hacerles un poco más felices, y siguiendo mi instinto y conocimientos pedagógicos, introduje algunos talleres y proyectos muy divertidos que han provocado la felicidad absoluta de mi alumnado y el reconocimiento y el cariño de los padres/madres. Las familias están contentas y nos comunicamos desde el respeto y el cariño, suelo ser muy cercana con ellos, y eso ha producido la envidia total de dos compañeras a las que no les gusta nada ser maestras y se han negado en todo momento a hacer cualquier cosa que se salga de las fichas pertinentes. Estas compañeras han tenido algunos problemas serios con los padres EN AÑOS ANTERIORES, por razones obvias que nada tienen que ver conmigo puesto que yo soy nueva.

El otro día, la directora me dijo que si me quedaba para el curso próximo no podría trabajar con proyectos ni talleres, sino con los libros “de toda la vida” que eligieran mis compañeras, porque los padres del colegio me tenían a mí como favorita y que eso no podía ser, que teníamos que comportarnos igual para no crear precedentes ni favoritismos.

-Hace poco me enteré que además, una de esas compañeras desagradables, odia a los homosexuales y lo considera indigno, curioso porque ella es de todo menos trabajadora y digna (no daré detalles pero no merece dedicarse a la enseñanza).

-Mis compañeras y el equipo directivo discriminan abiertamente a los niños/as de madres solteras (dicen que esas madres meten a cualquier tío en casa y que los niños crecen viendo cosas que no deben), a los niños y niñas de etnia gitana y a las familias que sean de origen inmigrantes llamándoles “desgraciados”. Afortunadamente, en esta escuela, no hay niños inmigrantes ni gitanos, porque de ser así, lo pasarían francamente mal.

-Son todos taurinos (los compañeros, las familias NO) y yo soy todo lo contrario y llevo un año cediendo.

De modo que, ¿qué hago? sigo en un sitio así? Por un lado, me siento bien con mi clase y la relación con las familias pero me siento completamente sola en el centro, no puedo hablar de nada (ni sobre educación, ni sobre cine, ni sobre nada que no sean chismorreos y conversaciones sobre ¿qué vas poner hoy de comer en tu casa? o temas absolutamente sexistas y obsoletos) no me gustan las envidias, el ambiente. No me siento con libertad total para hablar de mi vida personal cuando se entablan conversaciones de este tipo (en plan ¿con quién vives?), es la primera vez en mi vida laboral en la que me siento insegura para decir con normalidad que soy homosexual, la primera vez que temo ir por la calle con mi novia de la mano por miedo a generar aún más cuchicheos entre compañeras.

Los primeros meses no fui consciente del todo, porque estaba volcada en mis alumnos/as, tenía que integrar a dos chicos con dificultades al aula y a la vida escolar y no tenía tiempo para casi nada, pero conforme hemos ido tomando confianza (los compañeros, el equipo directivo y yo), descubro detalles y sensaciones que me producen desagrado y tristeza.

¿Qué me aconsejáis que haga? En mayo debo echar los papeles con los colegios elegidos, 150, ¿debo poner este en primer lugar o no?

 

Pensar – decidir – cambiar

A veces dicen que una imagen vale más que mil palabras.

Cuando yo era pequeña, solía temer toda clase de animales, era una niña urbana poco acostumbrada al contacto con la naturaleza. Normalmente contemplaba a los perros de lejos, medio asustada, pero si por cualquier razón veía a un animal sufrir, sentía un enorme dolor en el centro del pecho.

Conforme fui creciendo, comencé a pensar por mi misma, esto quiere decir, que pasé de tener una moral heterónoma (consideramos que está bien aquello que nos dicen los adultos sin cuestionar la idea o la acción en sí misma, ejemplo: la maestra dice que esto está bien y aquello está mal y así lo hago, sin reflexionar nada más, sin decidir ni pensar por mi misma). Cuando crecemos, comenzamos a cuestionar todo lo que nos han dicho, entramos en una pequeña crisis existencial en la que queremos tomar nuestras propias decisiones, elegir, decir, pensar, hablar, y lentamente construimos nuestra “moral autónoma” (que suele alcanzarse en la edad adulta, aunque hay muchas personas que no la alcanzan nunca).

A los catorce o quince años, empecé a cuestionar el clasismo de muchos de mis compañeros/as, mi familia era bien acomodada, así que NO lo cuestioné porque me perjudicase a mí, sino porque me resultaba absurdo que algunas de mis amigas y amigos tratasen mal a las mujeres que trabajaban limpiando y cocinando en sus casas, me daban ganas de gritar cuando se reían del Corán de sus “criadas/esclavas” internas en sus casas. Aunque yo podría haber sido igual, decidí desterrar esa forma injusta y discriminatoria de tratar a otras personas por el simple hecho de tener menos posibilidades económicas.

Casi al mismo tiempo, fui siendo consciente de los comentarios sexistas de algunas personas (monjas, compañeros de clase, conocidos/as…), leí sobre el tema, y empecé a desterrar esa clase de comportamientos y a expresar mis opiniones.

Por si fuera poco, sobre los 18 años, tomé gradualmente consciencia de mi homosexualidad, y aunque no cumplía ninguno de los absurdos estereotipos que se relacionaban con las lesbianas (ni era masculina, ni fea, ni me gustaba el fútbol, ni me costaba ligar/gustar, ni llevaba el pelo corto, ni miraba escotes ajenos ni buscaba jugar al rol de hombre ni nada parecido), luché por ser feliz y por salir del armario con decisión. Y al mismo tiempo, batallé con mis palabras y acciones para que todas las mujeres lesbianas del mundo se sintiesen respaldadas, integradas, acompañadas.

En mi adolescencia, comenzaron a llegar numerosos inmigrantes a España, venían de todas partes, en pateras, en avión, en camiones, buscando una vida digna, una opción diferente a la que tenían en sus países de origen. Muchos de mis amigos hacían comentarios ofensivos, racistas, y busqué información sobre los orígenes del racismo, leí tanto que llegué a conocer la preciosa historia de Rosa Parks, la primera mujer negra que se negó a ceder su asiento de autobús a un blanco. Decidí que el racismo era una batalla pendiente, y que yo no sería quién discriminase a nadie por su color, religión, lengua o lugar de nacimiento, que todos/as merecíamos disfrutar de nuestras vidas.

Y así, contemplando las diferentes formas de discriminación, eligiendo no participar de ninguna de ellas, llegué de repente a otra, a la más grave actualmente. El especismo. Los animales no humanos comparten muchas cosas con nosotros/as: son capaces de sentir dolor, son capaces de establecer vínculos emocionales con sus crías, son capaces de ayudar, son capaces de acompañar, huyen del sufrimiento y disfrutan muchísimo si les dejamos en paz. Nos han educado para verlos como objetos, como máquinas de producción, como juguetes de compañía, como prendas de vestir, etc, de modo que NO SOMOS culpables de nada. Pero nosotras/os podemos elegir si participar o no de esto, si seguir haciendo “lo de siempre”, o cambiar lo que podamos. Yo cambié. Yo dejé de contemplarlos como seres inferiores, y comencé a verlos como individuos estupendos que merecen respeto, y por respeto nunca se entiende explotación, asesinato, uso… Al menos desde mi punto de vista. Repito: no somos culpables por comer animales, o por comprarlos, ni por asistir a circos, PERO con este post, quiero invitaros a pensar un poquito sobre cómo podemos ayudarles, cómo podemos dejar de participar de su sufrimiento.

He aquí unas imágenes.  Porque como dije al principio una imagen vale más que mil palabras.

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Haz la conexión y cambia…

 

Vulnerables

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Ayer fue domingo. Y salí con mi perro a pasear, me encantan esos momentos.

Me encontré, por el camino, una paloma, muy pequeña, asustada entre tanta gente, tanta bici, tantos coches… No podía volar, y al comprobar que no tenía modo alguno de defenderse de este mundo hostil con los animales no humanos, decidí hacer unas llamadas para rescatarla y llevarla con alguien de confianza que sabe cuidarlas hasta que están fuertes, sanas y grandes como para volar libres.

Hasta la noche no pudieron venir a recogerla, así que la tuve todo el día en casa, en una habitación fresquita. Yo entraba, de vez en cuando, para darle de comer, de beber, para acariciarla y decirle que es preciosa. Y me miraba. No sé si alguna vez he dicho (seguro que sí) que la mirada de los animales desprende siempre una inocencia que me emociona. Ella tenía ese tipo de mirada,  vulnerable.

Me sentí muy bien ayudándola.

No obstante, esta misma mañana, me subí al autobús, y el conductor vio un par de palomas y aceleró con todas sus ganas para llevárselas por delante. Creo que afortunadamente, aunque son animales lentos, pudieron librarse, pero pensé: ¡qué asco de país!. España es un país con una enorme insensibilidad hacia los animales no humanos, es una país de catetos que no saben mirar más allá de su propio ombligo.

Como dijo Gandhi alguna vez, la evolución de un país se mide por el trato que se les da a los animales.

 

 

 

Uno más en la familia

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Fotografía del pequeño abandonado y mi prima de diez años.

En estas últimas semanas no he encontrado el momento para hablar de un nuevo miembro recién incorporado a mi familia.

La historia: mi primo celebraba su cumpleaños en su casa-con-jardín-maravillosa, y decidimos acudir un sábado lluvioso a mediodía. Una deliciosa paella, niños/as corriendo por todas partes, reencuentros. De repente, una prima viene a avisarnos (a mi madre, mi novia y a mí) de que acaba de aparecer por la puerta del jardín, un perrito en muy mal estado y que los demás niños/as están echándolo a patadas. Salimos disparadas, con los brazos en jarra, dispuestas a comernos a esos niños insensibles. El perrito era todo inocencia, humilde, silencioso, lleno de heridas sangrantes, sucio, triste y empapado tras días y días bajo la lluvia. Llamamos a todos los refugios que conocemos, en ninguno había sitio para él, aunque nos comprometiésemos a costear todos los gastos, nada. Llamamos a un sinfín de personas que podrían ser casas de acogida, temporal. Nadie, todo el mundo tenía ya perros o gatos en acogida.

Mientras hacíamos esas dos mil llamadas de teléfono, mi prima, que adora a los animales, le iba dando algo de comer, y ambos se guardaban de la lluvia bajo su paraguas.

Entonces, la mujer de mi primo protestó, diciendo que no debería ofrecerle comida ni agua, que ahora  tendría que “aguantar” al bicho a las puertas de su casa durante días…

Y a mi madre se le saltaron las lágrimas.

¿En qué momento el ser humano se volvió tan insensible, tan ridículo, tan cruel? Abandonos, circos, pieles, zoos, granjas, experimentos, maltratos, festejos terribles que se basan en joder a un animal… ¿Cómo puede dejarle a alguien indiferente una escena tan triste, un perro tiritando bajo el agua, repleto de heridas, destrozado, agotado de caminar muchísimos días o meses, y con la mirada más triste del mundo?.

Pues no sólo algo así provoca indiferencia, sino que además, molesta.

Mi madre le respondió que no se preocupase, que el perro nos lo llevábamos.

Y mi padre y yo, cogimos una manta de mi coche, lo envolvimos y nos lo llevamos. Ese fin de semana mi novia y yo lo pasábamos en casa de mis padres, así que fuimos todos juntos con el pequeño en brazos. Eran ya las nueve de la noche, y hacía frío.

Lo bañamos con agua caliente, lo secamos, le cortamos el pelo (tenía mil nudos), le curamos las heridas (mis padres son médicos y pudimos cortar la sangre), le pusimos un jerséy (de otra perrita de mis padres), le dimos de comer (lo devoró todo en segundos), y le pusimos una cama súper confortable junto a la calefacción. Fue una noche maravillosa, inolvidable, esos ojos tristes, mirándonos con asombro, sus reacciones entrañables cada vez que le acariciábamos…

A la mañana siguiente hizo sol, y salimos a pasear, con su correa y su rabito moviéndose.

Como mi novia y yo tenemos gato y perro (adoptados también) y vivimos en un apartamento alquilado, hemos decidido que mis padres lo adopten. Ellos tienen dos perritas de pequeño tamaño, una casa preciosa y perfecta, y son los mejores adoptantes del mundo, los miman, los sacan a caminar dos horas al día, les llevan a hacer footing, los llevan a la playa (porque viven al lado)… Pero nos quedan a una hora de casa, y vamos cada vez que podemos!.

Ahora, ese perrito que veis en la foto, es feliz, y va a pasar su primera navidad en familia, en nuestro grupo afectivo donde le hemos hecho saber que es imprescindible.

 

 

Hoy fue un día importante

Hoy fue un día especial, un hecho maravilloso, pequeño (o enorme), me sacudió por completo.

Me suceden muchas cosas a lo largo de los días, la mayoría estupendas, otras no tan idílicas. Pero últimamente, no encuentro tiempo para relatarlas aquí.

Hoy no podía dejar pasar la ocasión. Esta mañana muy temprano, casi al llegar a la escuela en la que trabajo, escuché un golpe seco en el suelo, miré hacia atrás y vi un gatito asustado, que acababa de caerse de un balcón.

Miré el reloj. Iba a llegar tarde. Pero unos ojos enormes y suplicantes me llenaron de ternura, de amor, de todo. Me acerqué. Y cuidé que no se escapase, que no se sintiese solo, que no tuviese miedo. Busqué al dueño, llamé a los mil vecinos del bloque, los cuales no estaban dispuestos a ayudarme, hasta que al fin, encontré a su dueño, un joven preocupadísimo que bajó enseguida, que abrazó, adoró y besó a su gato. Que lo llevó de vuelta a casa.

Llegué tarde a la escuela.

Con el corazón rebosante de alegría. Aquel gatito estaba en casa, seguro, sano y salvo. Y eso, para mí, lo era y es todo. Tengo grabados esos inmensos, profundos y nobles ojos, repletos, como siempre que miro a un animal no humano, de inocencia y de constante incertidumbre.

 

Día Internacional de los derechos de los animales

VÍCTIMA DEL ESPECISMO (ALIMENTACIÓN)

VÍCTIMAS DEL ESPECISMO (PIEL)

VÍCTIMA DEL ESPECISMO (ZOOLÓGICOS)

VÍCTIMA DEL ESPECISMO (COMPRA-VENTA DE ANIMALES, ABANDONO Y MALTRATO)

VÍCTIMA DEL ESPECISMO (TAUROMAQUIA)

VÍCTIMA DEL ESPECISMO (CIRCOS CON ANIMALES)

VÍCTIMA DEL ESPECISMO (EXPERIMENTACIÓN EN ANIMALES).

ESPECISMO: Discriminación moral en función a la especie a la que se pertenece. Presupone que los intereses de un animal que siente-sufre pero que NO es humano, no son importantes. En analogía con el machismo, racismo, homofobia, que igualmente, a lo largo de nuestra historia, infravaloró a individuos por el simple hecho de no pertenecer al sexo masculino, a la raza blanca o al grupo heterosexual dominante.

Los animales no humanos sienten dolor y miedo como los humanos, y mantienen el interés de sobrevivir y disfrutar de una vida plena como nosotros/as.

Ellos, los más indefensos, padecen un sinfín de atrocidades, y cada día vienen a mi mente y elijo ser más justa.