Estirar el verano

Captura de pantalla 2014-07-27 a la(s) 00.48.58

Me dan ganas de estirar el verano, hasta donde llegue. Este mes de agosto es un punto de inflexión en mi vida, en tantos sentidos que no sé si soy capaz de abarcarlo todo el los bolsillos. Para bien o para mal, de estas etapas siempre se obtienen frutos y aprendizajes.

En septiembre empezaré en un nuevo colegio. Nuevos chicos, nuevo camino, nuevas formas. Creo que voy a echar de menos a mis alumnos/as anteriores, siempre me pasa, llevo tantos nombres e historias encima que me pesa tanta mudanza escolar.

Observo cómo todo se deshace y se reinventa, hay una evolución en mis entrañas, hay otra yo delante del espejo, más adulta, más segura, menos miedos, más batallas.

No he tenido tiempo, dedos, ganas de escribir, porque a veces no sé qué poner. Pero os leo, eso si, aunque no deje comentarios. Últimamente he descubierto el blog de Nepomundos que podéis encontrar en mi barra lateral. Creo que he llegado a reír y a llorar con él, con su vida, su marido, sus gatos, perros y niños. Creo que son dos individuos tan sensibles y divertidos en sus andanzas, que merece la pena leer sus líneas.

Playas, piscinas, montaña, ciudad… No quiero volver a septiembre. Lo detestaba en la niñez y sigo haciéndolo ahora. Con lo bonito que es el verano, con sus sandalias, vestidos y refrescos de naranja. Mi pareja siempre lo dice, que yo en verano me despierto.

Con diez años siempre hacía listas a finales de agosto. Listas con aquello que me proponía hacer / sentir el próximo curso. Era mi forma de morderme la lengua y aceptar que se terminaba la libertad de hacer las cosas sin prisas.

Este verano he leído, entre otras cosas, La Mujer Transparente, de Vanesa Ejea, una historia que camina despacio, y nos habla de ciclos,  cicatrices y de amor recién nacido. A mí me ha gustado.

Últimamente he visto a algunos de mis amigos en plena metamorfosis de todo (de piel, de ideas, de sueños), ¿qué pasa? ¿los treinta son así? No sé, a mí me asustan un poco.

Lo que sí sé, es que este ejercicio obligatorio de introspección que estoy haciendo, en el fondo me permite conocerme quizá desde un prisma nuevo y advenedizo, es como otro espejo, uno más, para mirarme.

 

 

 

De libros y series

He descubierto recientemente un libro divertidísimo de temática lésbica y una serie entretenida de temática lésbica también.

El libro es “101 razones para odiarla”, que nos narra la amistad entre dos mujeres que se conocen (y se odian) desde que nacieron, de cómo han de aprender a convivir de un modo u otro. Lo empece ayer y no he parado de leer, lo estoy terminando con cierta tristeza, no quiero que se acabe. Me hace reír, y está exenta de estereotipos, me gusta.

Captura de pantalla 2014-05-19 a la(s) 22.39.53

La serie, Faking it, es una delicia, tierna y entretenida (tampoco es buenísima), está bien para pasar el rato, para dibujar una sonrisilla tonta en la cara durante el tiempo que dura. Amy y Karma asisten a un instituto norteamericano, con todo lo que eso conlleva, no obstante, esta escuela es tan especial que apoya y glorifica a las minorías, y ambas amigas traman fingir ser pareja para ganar cierta fama en el colegio. El caso es que una de ellas, Amy, se plantea lo que realmente siente, y es un personaje adorable, sensible que probablemente ayude a muchísimas adolescentes a sentirse identificadas y felices por ser lesbianas.

Creo que este tipo de series, colaboran en el proceso de normalización de la homosexualidad. El personaje principal es una joven muy guapa, dulce y tan insegura como cualquier persona de su edad, pero de alguna manera conecta con el público, porque despierta ternura, empatía…

Captura de pantalla 2014-05-19 a la(s) 22.38.59

Hay otra serie excelente, brillante, que me tiene enganchada, creo que hablé anteriormente de ella, o quizá la mencioné. Orphan Black. La trama, el guión, la interpretación, son admirables. Y, como probablemente sabréis, cuenta con un personaje lésbico adorable, Cosima.

Captura de pantalla 2014-05-19 a la(s) 22.56.54

 

Inventarte

Captura de pantalla 2013-08-26 a la(s) 23.15.20

 

Hoy estaba sentada en un banco, esperando. La verdad es que no prestaba especial atención a nada, porque hoy estoy cansada, con ganas de meterme en la cama y disfrutarla.

Volvemos a “hoy estaba sentada en un banco”. Me llama la atención que de repente salen de un portal muchísimas personas, muy distintas entre sí. Una joven teñida de rubio casi blanco, un tipo con el pelo larguísimo, una joven tímida y recatada, una madre extranjera a la que le esperaban sus hijas pequeñas, un músico, todos llevaban un carnet identificativo colgando del cuello. Miré hacia arriba, interpreté los rótulos de las oficinas encendidas, al parecer salían de un curso o algo parecido, pero eran muchas personas.

De pronto sale una chica, no sé describirla. Pelo por encima de los hombros, falda corta, fuma un cirgarrillo que deja suspendido en sus labios. Destaca entre las demás. Tiene algo que el resto no sabe que tiene. Tras ella aparece otra chica del curso, ambigua, no se conocen, parece que quiera seguirla para decirle algo.

Sus bicicletas están aparcadas en el mismo sitio. Coinciden. Pero la del cigarrillo no mira a nadie a los ojos (a mi perro, que me acompaña, si lo ha mirado, y me ha sonreído). Pero al resto no. Dos tíos la miran y le dicen alguna grosería en forma de piropo, no acierto a escuchar qué dicen, pero a ella le molesta, a mí también me molestan esa clase de hombres, esos que me dicen alguna barbaridad y creen que me voy a morir de emoción. Ella reacciona como yo reacciono ante esas cosas tan cotidianas, primero frunce un poco el ceño, después recuerda cómo debe comportarse una chica educada y rectifica, no los mira, no les dice nada, los ignora.

Coge su bici. La otra también coge su bici.

Se marchan, y cuando alcanzan la esquina más próxima, toman caminos distintos.

Me han dado ganas de pararla, de decirle: tienes pinta de protagonista de un libro, o de una buena película.

Reading

books-flowers-jam-love-picnic-vintage-Favim.com-64625

 

Si tuviese que decidir qué clase de cosas meter en una maleta pequeña, tendría una cosa muy clara: libros.

Hace unas semanas tuve que elegir un regalo-detalle para una prima que cumplía años, y le busqué un libro entre cientos de libros, en una de mis librerías favoritas. Acariciando los lomos, entretenida en el olor que desprenden… De camino a casa pensaba en el valor de una obra literaria, en lo fascinante que es encontrar una historia que te conmueva, que capture toda tu atención, que te muestre algo que desconocías, que te refleje, que te invite a hacer muchas cosas, que te emocione…

En la casa de mis padres siempre ha habido muchísimos libros, y mi hermana y yo teníamos una estantería para nosotras, repleta de cuentos de todos los tamaños. Cuentos de piratas, de niños aventureros, de animales, de hadas y hados, de poemas, de adivinanzas, cuentos de “buenos modales”, cuentos con preciosas ilustraciones, cuentos pequeñitos y mínimos, cuentos de los que se abren y se convierten en casas de muñecas o jugueterías para utilizar recortables…

Así que además de heredar ciertos rasgos de mis padres, heredé una pasión maravillosa por la literatura.

Tantos libros tengo, que las mudanzas se complicaban cada vez más. Así que me regalaron un Ipad, para almacenar historias… Ahora me cuesta despegarme de él, porque llevo toda clase de historias dentro.

A veces, cuando encuentro una obra que me interesa, de estas que dejan sus huellas en algún lugar de la memoria, no puedo parar de leerla, y me entristece un poco que se termine.

Hace unas semanas, terminé un libro que me gustó muchísimo, y desde entonces he probado con otros, pero no me engancharon mucho, los acabo y sigo como si no los hubiese leído.

¿Tenéis alguna recomendación interesante? Algo que os haya conmovido últimamente (si están relacionados con la temática homosexual, mejor).

Me Gusta – Ejercicio de escritura

Dolar-Delantera_Vintage-30711

 

Me gustan las casas de verano, y mi casa en la montaña para vacaciones de inviernos.

Me gusta el color de los almendros, me resultan trágicos y insultantemente bonitos.

Me gustan los viernes.

Me gusta escribir sin corregir nada, escribir para mí misma.

Me gustan las diez y veinte de la noche.

Me gusta descubrirme sorprendida, que algo consiga todavía, estremecerme.

Me gusta abrir las páginas de un libro, saltar con los pies juntos, y meterme dentro.Así conocí a Carol (de Highsmith).

Me gusta el 8, el 10, el 22.

Me gusta la figura femenina, la complejidad, la profundidad, la forma de sentirnos.

Me gusta visitar librerías y acariciar los lomos de los libros, morderme el labio inferior y disfrutar de un momento para mí, para elegir mi próxima víctima (porque devoro a mordiscos a la literatura).

Me gusta sostener mis ideas, decir mis argumentos, y aprender de lo que opinan otros/as.

Me gusta que me miren a los ojos cuando hablan.

Me gusta desayunar los sábados, sin prisa, sin peinar, sin hacer. En camiseta y bragas (si es verano).

Me gusta comer sandía en verano y manzanas en invierno, me gustan las fresas.

Me gusta Sevilla, Madrid, París, San Sebastián, Barcelona, Salamanca, las playas de Huelva, las calas perdidas del Algarve.

Me gusta nadar en piscinas, y quedarme quieta en el mar.

Me gusta el color de Lisboa, de diez a cuatro.

Me gusta hacer el amor por las mañanas, y las noches, y a veces en la siesta.

Me gusta cuando todo se resuelve, y sin daños colaterales.

Me gusta empezar algo. Los principios. La ilusión.

Me gusta enamorarme, aunque sólo sea para inspirarme, aunque no pueda ser para siempre.

Me gusta ser vegetariana, me gusta no usar piel de animal, me gusta haberme dado cuenta de lo importante que son nuestras acciones en función de quienes se ven afectados por ellas.

Me gusta el preludio de un beso. Mucho. Cuando sabemos que va a producirse. Cuando queremos que se produzca.

Me gusta la valentía de Rosa Parks.

Me gusta tocarme el pelo por las puntas, enroscándolo, cuando estoy nerviosa y no sé que hacer.

Me gusta más Venecia que Florencia, por llevar la contraria, o por el gesto dramático de la primera.

Me gusta leerte.

Me gusta la ópera, ir en vaqueros ajustados a la ópera.

Me gusta poner mayúsculas a veces.

Me gusta Virginia Woolf, Gioconda Belli, Alexandra Pizarnik, Frida Kahlo, Cortázar, Benedetti, Highsmith, José González, Enrico Caruso, Ruth Vega, Zahara, The Doors.

Me gusta no tener líneas suficientes para escribir los nombres de las personas que admiro.

Me gusta que me llamen algunas personas, que su voz recorra los kilómetros, o los metros, por cables y aire.

Me gusta y admiro en los demás, su capacidad de empatía, su bondad.

Me gustan las palabras iridiscencia, fosforescencia, fútil, efímera, iliense, pájaro.

Me gustan las personas sencillas (no simples).

Me gusta decir “exquisita sensibilidad”.

Me gusta creer en alguien o en algo, en mí, en los demás.

Me gusta el olor de mi perro, sus orejas caídas, su mirada transparente.

Me gusta ser mejor persona cada vez, cambiar lo que puedo para que mi existencia en el mundo, perjudique lo menos posible y aporte belleza, esperanza, lo que sea en positivo.

Me gusta el buen cine, el teatro. La danza.

Me gusta la seguridad que tengo en mí misma, desde niña, desde siempre, supongo.

Me gusta pintarme las uñas y los labios de rojo.

Me gusta cuando he ayudado a alguien.

Me gusta sostener al que cae, al más débil.

Me gusta amar las debilidades y celebrar los avances y victorias.

Me gusta decir te quiero, je t’aime, i love you, t’estimo, ich liebe dich, ohebboki.

Me gusta mirar por primera vez la sonrisa de otra persona.

Me gusta subir cuestas en verano (al volver de la playa, por ejemplo), apenas un vestido blanco encima, llegar sedienta y beber.

Me gusta guardarme los recuerdos en las manos, abrirlas de tarde en tarde, y volver a contemplarlos.

Me gustan las tiendas vintage.

Me gustan las luces de navidad, aunque no soporte la multitud, me quedo con las luces que brillan sobre nuestras cabezas.

Me gustan las sandalias.

Me gusta que el gato ronronee sobre mi estómago.

Me gusta cuando el deseo nos roba todos los relojes de la casa, al principio.

Me gusta muchísimo ir a todos los museos (especialmente dedicados a la pintura) del mundo. Me gusta Degas, Hopper, Berthe Morisot, Kandinsky, Renoir, Monet, Warhol…

Me gustan los besos “arrebataos”.

Me gusta (-ría) hablar en francés.

Me gustan las piernas, las manos, la boca, los ojos de ella.

Me gusta que me leas, que comentes, que te sirva de algo lo que digo aquí.

(Ejercicio de mi taller de escritura. Me gusta).

Las historias dormidas

 

Cuando iba al colegio, y tenía unos quince o dieciséis años, mis amigas y yo nos escribíamos cartas, constantemente, aunque estuviésemos tres pupitres a la izquierda, aunque si  estirábamos el brazo podíamos rozarnos.

El ritual de las cartas era siempre el mismo, en ellas comenzábamos con dulces palabras, para ir abriéndonos como flores recién nacidas, relatando nuestras inquietudes, miedos, anhelos y experiencias más íntimas, que daban paso a una despedida hermosa, romántica. Luego, en los recreos, las salidas y el contacto “corriente”, solo bromeábamos, u ofrecíamos absurdas opiniones acerca de todo y de nada, de ropa, de chicos, de algún libro, usábamos un lenguaje hablado mucho menos elaborado, menos hermoso, y un contenido banal. En cambio, en nuestras cartas, quedábamos desnudas, desamparadas, y confesábamos todo aquello interesante, profundo y complejo que nos apasionaba o atormentaba.

Aquellas cartas, sinceras, largas, necesarias, nos unían irremediablemente, suponían un punto de conexión tan intenso que nuestras relaciones con el sexo opuesto (los chicos) se nos quedaban cortas, simples, aburridas.

Las monjas nos prohibían hablar en clase, y debíamos fingir una atención constante, pero yo me perdía en aquellas palabras encadenadas, mágicas, que me llevaban a conocerme mucho más de lo que cabía esperar, y que me permitieron conocer a diferentes tipos de mujeres adolescentes, teniendo todas algo en común: la necesidad de las palabras.

Ahora que me considero amante absoluta de la escritura (y de la lectura), debo reconocer que el único camino que me conduce a la felicidad es dedicarme a escribir, y es una lástima que no podamos vivir de lo que soñamos hacer. Porque mi trabajo, tan real, me aleja completamente del mundo imaginado, de ficción. Mi trabajo, el estrés/la tensión que me produce, la ansiedad que me provoca, me impide totalmente, volcarme en mi verdadera vocación.

A veces sueño con una vida parecida pero distinta. Rodeada de las mismas personas y animales, pero entregada en alma y tiempo a escribir, mucho, muchísimo, levantarme y hacerlo, sin más, porque tener tanto por decir y silenciarlo, es doloroso, no sé.

Tengo las historias dormidas en la garganta. Quiero una casa desde la que pueda mirar el mar, o el cielo, no sé, pero nada de edificios y coches y ruido. Quiero un lugar para escribir. Quiero vivir de ello (y sé que es imposible). Quiero mirar MENOS o nada el reloj, tener tiempo y fuerzas para inventar historias, para hacer cupcakes, para escuchar ópera, para ver cine, para dormir con la tranquilidad de un niño, para salir con mi cámara y hacer cientos de fotos, para sentarme en invierno o en verano (en las estaciones intermedias) en la orilla con un buen libro en las manos, para hacer footing y llegar sedienta y sonrojada a casa… No sé. No sé. Pero hay algo que me falta, tengo un hueco aquí en el pecho, por colmar, por completarse, por llenarse de palabras.

Las mil bocas de nuestra sed

Un buen día decidí devorar este libro. Nos describe con una delicadeza exquisita, la relación entre dos chicas en plena postguerra italiana. La belleza y la naturalidad de su relación nos permiten navegar por una historia preciosa, surgida entre paisajes bucólicos y marineros, emociones cosidas de pasión y ternura, el verano como punto de encuentro. De pronto se produce un acontecimiento que dados los prejuicios de aquella época, provocan un giro, un cambio doloroso, que nos lleva a un reencuentro muy posterior, al renacimiento emocional y sentimental de dos almas malheridas.

Lo recomiendo. No sé qué hizo este libro, pero consiguió que lo leyese con placer y aplicación, saboreando cada línea, cada palabra…